viernes, 20 de junio de 2014

La paja en el ojo ajeno

Quien critica los defectos de los demás lo suele hacer para ocultar los propios.
Nuestros gobernantes han aplicado tarde y mal las reformas necesarias para salir de la crisis y por ello ha crecido el número de quienes culpan al sistema político o a los propios políticos, y proponen rupturas institucionales costosas y arriesgadas.
Sin embargo pocos se atreven a admitir que no basta con denunciar el fallo solo en los políticos porqué también en los ciudadanos tenemos nuestra parte de culpa.
Todo el mundo protesta por el comportamiento de la “casta extractiva política”. Se habla de ella con desprecio en las Redes Sociales. Y sin embargo muchos siguen votando mayoritariamente a los mismos partidos en las elecciones. ¿No será que las decisiones tomadas voluntariamente por nuestros gobernantes se ajustan a las preferencias de la mayoría?. Parece que los europeos somos más partidarios de que el Estado controle la economía, de que resuelva todos nuestros problemas y nos imponga una fiscalidad redistributiva, por no hablar de nuestra resistencia a recortar el gasto público o a liberalizar el mercado de trabajo.
Cuanto más críticos somos con nuestros políticos e instituciones, menos nos molestamos en informarnos. Decimos odiar la corrupción, pero ni siquiera dejamos de votar a políticos corruptos. Cuando no desdeñamos la política, nos comportamos como forofos, más que como ciudadanos. Parece que nuestro enojo se deba a que la política ya no puede darnos el maná del consumo al que nos habíamos habituado. Queremos reformas, pero que duelan solo a los demás. Y puestos a elegir, ninguna opción política real satisface nuestros deseos porqué no queremos dejar de “vivir bien” y de “consumir todo lo innecesario que nos habíamos acostumbrado consumir”. Por ello algunos reciben con agrado propuestas populistas faltas de todo rigor técnico y poca posibilidad real.
Hay que regenerar la democracia de abajo arriba. La política necesita de nuevas caras capaces de gestionar para el pueblo y no sin él. Sin embargo, cuidado con alimentar al monstruo. Hay programas electorales que representan un compendio de insensateces de imposible materialización y financiación, promesas vanas que son como maná en el desierto para aquellos que no tienen una esperanza a la que aferrarse distinta de tales ensoñaciones libertarias. El problema es que sólo veremos su verdadera cara el día que estos presuntos líderes del pueblo desencantado toquen poder y pierdan su virginidad ejecutiva. Ojalá no llegue el día en que su siniestra sonrisa se convierta en franca carcajada… en la cara de aquellos que en su candidez le votaron. Y como sabemos que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, es bueno preguntarse después de leer o escuchar cualquier propuesta electoral agradable a nuestros oídos: ¿Quien pagará esto?
Es superficial responsabilizar de la situación solo a los políticos, a las élites o las instituciones. Cambiarlas es costoso y no asegura la panacea. Es erróneo exonerar a las masas. En realidad somos sustancialmente igual de “extractivas”que las élites porqué el fraude no campea solo en la fiscalidad de grandes fortunas, sino también en la economía sumergida y en las prestaciones sociales. La sobreinversión en obras y equipamientos públicos, cuenta con apoyo general y, más que distribuir rentas, las dilapida. Semejante maniqueísmo entre masas y élite sería de esperar del votante común, pero no de los intelectuales.
La solución no es solo económica y por ello la ruptura institucional no tiene el éxito garantizado: la principal avería no está en la transmisión de nuestras preferencias, sino en su inconsistencia. Lo queremos todo sin aportar nada. En especial, lo queremos todo del Estado sin cooperar en su control y menos aún en su mantenimiento. En esas condiciones, incluso podrían fallar las reformas que lograsen aumentar la competencia entre partidos políticos. ¿Estamos seguros que una mayor competencia política, por si misma será capaz de generar más información y mejores decisiones? O sólo más propaganda y más populismo.
Necesitamos reformas que traten la raíz del problema. Deben aspirar a que nuestras preferencias como ciudadanos se hagan más racionales, compensando nuestra escasa disposición a informarnos y cooperar en el control de lo público. Basta que se celebre un campeonato de futbol, una carrera de motos, etc. para que todos los grandes problemas desaparezcan de los programas de información de masas. Para ello, hemos de reducir los costes de información ciudadana, de modo que nuestra educación cívica sea automática. Hagamos evidentes el pago de impuestos y el uso de los servicios públicos: menos cargas fiscales ocultas (IRPF “a devolver”, precios con IVA, seguridad social “a cargo de la empresa”) y menos secretismo sobre la eficacia relativa de los servicios públicos (publiquemos, por ejemplo, cuánto gana el licenciado de cada centro universitario). 
Hagamos inevitable el informarnos, como sucede por ejemplo en nuestras comunidades de vecinos. No son perfectas, pero despilfarran menos recursos y no atienden a afiliaciones políticas para castigar la corrupciónde sus presidentes y administradores. Están gobernadas por españoles, pero opera en ellas la inmediatez e incluso, ante casos de fraude, el instinto de posesión. Cabe activar fuerzas similares en el plano público: por ejemplo, divulgar sueldos públicos y contribuciones fiscales reclutaría para el bien común esas inclinaciones naturales al cotilleo y la envidia que nunca nos hemos molestado en domesticar culturalmente.
Esa mejor conciencia de lo público homogeneizaría con Europa nuestras actuales preferencias, hoy más estatistas y contrarias a la competencia. Quizá así aceptemos introducirlos incentivos individuales que aseguran el bienestar. Entre nosotros, han de ser más individuales que en aquellos países cuya cultura lleva a sus ciudadanos a vigilar que ninguno escurra el bulto en su aportación al bien común. Es un asunto clave, porque los fallos deacción colectiva no solo plagan la política, sino todo tipo de ámbitos, desde la educación a la empresa, desde las profesiones a los medios de comunicación. Necesitamos esos incentivos “compensatorios” de nuestros valores para ajustar mejor las retribuciones a las conductas.
En la mayor parte de las manifestaciones actuales, los jóvenes vuelven a ser una minoría. Las verdaderas víctimas de la crisis (los jóvenes, los parados, los degradados en su trabajo, los esquilmados) no salen a la calle a protestar y parece que sus padres y abuelos están más preocupados por su futuro que ellos mismos.
Puede ser que no crean en la utilidad de la movilización social, o que les resulte ajena, lenta y aburrida. Puede que incluso la protesta se haya ritualizado de tal modo que sea como ir a misa los domingos y a la salida pasearse y tomar unas cervezas, pero la realidad es que no expresan sus deseos, sus demandas, sus soluciones. En términos políticos, y según las encuestas del CIS, nuestros jóvenes son el sector de la población con ideas más cercanas a la izquierda, pero son los más remisos a votar en estas elecciones.
Quizá no haya en nuestra historia reciente una generación tan desconocida como los jóvenes actuales. Se expresan poco en términos sociales y rara vez mantienen debates públicos sobre sus opiniones y sus deseos. Desde el estallido brillante del 15-M no han vuelto a decir lo que quieren. Quizá simplemente no creen en el futuro, y no me refiero a la confianza que tengan en lo que ocurra pasados unos años, sino que el concepto de futuro les parece un fantasma que se disuelve entre las brumas, una palabra obsoleta que invocamos los que ya no somos jóvenes.
Decir que ésta es la generación la mejor preparada es una obviedad: las últimas siempre lo son. Lo que sí es cierto es que es la que dispone de mejores medios, y los sabe utilizar. ¿Habría llegado el invento de PODEMOS a donde ha llegado sin redes sociales?
Algunos de los jóvenes que se manifestaron durante el 15M están intentando abrirse camino en el extranjero, porqué entendieron que aquí cambian las personas pero se mantiene el discurso de fondo. Otros piensan que, hoy más que nunca, sin enchufe no hay futuro. Por eso, lo más avezados, se sacan carnets de partidos que gobiernen.
En el fondo, el incentivo individual es la mejor baza para los jóvenes que quieran triunfar, ya sea en la empresa, en el deporte o en el arte. Esos jóvenes españoles no triunfarán porque abdiquen de sus valores, sino porqué busquen la posibilidad de poder trabajar en contextos con reglas estables que les retribuyan por su rendimiento. El modelo es aplicable a todo tipo de actividades; pero somos los ciudadanos los primeros que nos resistimos a adoptarlo. No solo las élites.
©JuanJAS 
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