jueves, 10 de septiembre de 2015

Aparcar los problemas hasta enquistarlos

Hoy he leído un artículo del profesor Santiago Niño Becerra y he recordado que un caso similar ya me pasó hace 25 años, durante un vuelo interior de American Airlines en USA.
Estaba sentado en ventanilla y en el asiento situado a mi izquierda, tocando al pasillo, se instaló un afroamericano descomunal: unos 2 metros de altura y una circunferencia torácico-abdominal de más de 70 cm de diámetro. Cuando se dejó caer en su asiento hizo mover el mío. Por el ruido que hizo, temí que se hubiera roto. No llegó a tanto. Por suerte el viaje duró sólo una hora, pero me pareció una eternidad. Era verano y hacía bastante calor. Mi compañero me mantuvo encajonado, sin posibilidad alguna de movimiento y con una cara, la suya, que a mi me parecía de pocos amigos. Consulté con una azafata la posibilidad de usar otro asiento, pero me contestó que el avión estaba lleno y no se podía. ¡Sic! Tampoco podía pasarme el vuelo en el pasillo ni sentado en el WC.
Un caso típico de “entre todos la mataron y ella sola se murió”.
La azafata, tenía un problema de difícil solución y yo había pagado un billete para usar un asiento, en toda su extensión. El pasajero con medidas que sobrepasaban las de un asiento en ese aparato, tampoco podía encajar su cuerpo, por arte de magia, dentro de ese asiento. Como pasa tantas veces, el problema estaba servido y en ese momento no se encontró ninguna solución satisfactoria para todos. Yo me tuve que perjudicar viajando comprimido, acalorado y sin poder leer el periódico porque no podía abrir los brazos, y mi compañero también porqué seguro que percibió mis ondas cerebrales protestando. La azafata ignoró mi reclamación a los pocos minutos. Ignoro si la transmitió “hacia arriba” para que la compañía aérea estudiara la forma de resolverlo:

1.- Opción “café para todos”: Ampliando las medidas de todos los asientos para acoger a las personas de mayor envergadura y subiendo a todos el precio de todos los billetes para que todos asumiéramos el coste de los billetes porque todos tienen derecho a viajar en avión. 

2.- Opción “liberal”: Optimizar los beneficios de la compañía y la comodidad de los usuarios, aumentando sólo las medidas de un porcentaje del total de asientos para acomodar a esas “personas súper”. Se incrementaría sólo un poco el coste de todos los billetes o sólo el de esos asientos con lo que los usuarios deberían afrontar el sobrecosto (asientos VIP). 

3.- Cualquier solución que se le ocurriera a la compañía para mejorar el servicio de todos sus clientes. Para eso cobran por sus servicios.

Bien, como por desgracia viene sucediendo en muchos casos en nuestra sociedad, el que tiene más responsabilidad, aguante, predisposición al sacrificio o es menos caradura o egoísta, sale perjudicado. La “Compañía” se encoge de hombros y corre un estúpido velo para pasar el trance de la reclamación y la solución del problema se dilata en el tiempo o tal vez no se encara nunca. 
Los directivos de la “Compañía” ajenos al riesgo que corren de que esos usuarios serenos, respetuosos, dialogantes y proactivos se cansen de asumir su falta de previsión y diligencia en resolver los problemas, se extrañan de que llegue el día en que estos digan basta. ¡Dejamos de usar esta “Compañía”! Mal día para todos, pero no servirá de nada repartir culpas por igual y mucho menos encadenar a los sacrificados usuarios, sino quieren que se borre su pátina de “compañía” modelo y se transparenten sus verdaderos “Principios” .
Veinticinco años después, en el caso de las compañías aéreas y sus exiguos asientos inadecuados para transportar a sus clientes con opulentas envergaduras, el artículo del profesor Niño Becerra que les adjunto, me ha hecho recordar que todavía no han encontrado, no han querido encontrar o no han sabido aplicar una solución adecuada.
©JuanJAS

 

Copia del articulo referenciado en el texto…

Viaje en avión

Santiago Niño Becerra - Jueves, 10 de Septiembre

“Hace unos días hice un viaje en avión, en España, un vuelo interior. Llegué al asiento que me correspondía junto al pasillo y me senté sin abrocharme el cinturón porque estaba seguro que el de mi izquierda se iba a ocupar por la muchedumbre que había estado esperando en la sala de embarque. Y sí, efectivamente mi vecino de viaje llegó.
Cuando le vi detenido junto a mi asiento me quedé boquiabierto. Era absolutamente descomunal. Un gigante a lo alto y a lo ancho. Como para salir de mi asombro le pregunté si sus siento era el que estaba señalando: el de mi lado, y obviamente respondió afirmativamente. Me levanté, me hice un lado y empezó a pasar.
Se pueden imaginar el viaje que tuve: ladeado ya que el volumen de mi vecino se adentraba en mi espacio, sin poder poner mi brazo izquierdo en el reposa brazos ni un instante. Y eso que él mantuvo los brazos cruzados todo el tiempo ya que era evidente de que se daba cuenta de lo que estaba sucediendo. Finalmente llegamos.
Llegamos y en el automóvil que me llevó del aeropuerto a mi destino estuve meditando en lo sucedido. Aquella persona me dio el viaje, y supongo que él lo tuvo también. Esa persona tiene derecho a viajar, la compañía tiene la obligación de transportarle al igual que la tiene con el resto de los pasajeros, pero yo, en este caso, tenía derecho a disponer de todo mi asiento porque había pagado por él.
Este tipo de cosas son aquellas cosas de las que nadie habla, cosas que nunca salen, que no se comentan en foros ni en blogs, pero están ahí y pienso que deberían ser contempladas, y, sigo pensando, deberían ser contempladas por las compañías. Si no, un día, en un vuelo más largo, alguien cansado por un día que haya sido especialmente duro, va a saltar, se va a liar, y habrá una bronca que puede que tenga consecuencias.

Al tiempo.”
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