jueves, 26 de enero de 2012

Hablemos claro

Hoy he leido un escrito publicado en Cotizalia por José M. de la Viña. Un Dr. Ingeniero Naval que persigue transmitir sus experiencias y reflexiones, promover el debate y contribuir a que los lectores puedan forjarse sus propios puntos de vista y, de esta manera, ser entre todos capaces de construir un futuro mejor.
En este artículo se loa la “Cultura del esfuerzo” y se valora la inteligencia por encima de la “listeza”. Se pide que la sociedad aprecie al buen estudiante, al buen trabajador y al buen ciudadano y deprecie al oportunista, indolente, corrupto, vago y consumista. Consumir es bueno, siempre que se haga con el dinero ganado previamente y no solicitando créditos que, con el tiempo, no podremos pagar. Ya que  “donde no hay, el rey pierde los derechos”, pienso que nos encaminamos a una sociedad “sobria por imposición”.
La educación debería formar “personas capaces de pensar por sí mismas” en lugar de seguidores aborregados de las modas que nos dictan los grupos de presión por TV o internet.
¡Ya basta de camuflar la ignorancia, la indolencia y la maldad con palabras edulcoradas y discursos rimbombantes pero vacíos!
¡Hablemos claro ya!
©JAS2012
Os dejo con el artículo…..


Todos somos responsables de la situación económica y social actual. Por acción pero sobre todo por dejación. Vivimos en democracias que pertenecen cada vez menos a los ciudadanos y más a los grupos de presión. Es la difusión del Estado de Derecho a manos de intereses varios y grupos de privilegiados denominados políticos, banqueros y comadrejas varias, convertidos en vulgares sanguijuelas que no saben lo que significa el servicio al ciudadano, ni siquiera el civismo. Tan solo saben cómo manipularlo y utilizarlo.
La educación o la falta de ella, la cultura en su versión banal actual, tienen mucha culpa al fabricar individuos incapaces de discernir ni de valorar lo que tienen. Y menos de identificar lo sublime. Ninguna democracia se mantiene sin esfuerzo. Se construye día a día mediante ciudadanos conscientes y educados, capaces de controlar su destino, en vez de ser controlados por los intereses pecuniarios o ideológicos de unos pocos. A los cuales les interesa poder succionar las pocas neuronas que habitan la mente de borregos ineducados, nada críticos, susceptibles de ser manipulados para poder hacer más caja y mejor.
Cómo la educación naufraga
Seguimos criando niños mimados, demasiados vagos (NiNi), ignorantes los más, no sea que se frustren si se esfuerzan, abarrotados de títulos y poco más. Miríadas de grados, másteres, cursos de posgrado rellenos de superficiales pinceladas de conocimientos deslavazados y mal estructurados que no enseñan nada docto.
Porque los hemos vaciado de coherencia y de base, del duro contenido que al menos tenían cuando fabricábamos diplomados, licenciados o ingenieros. Huecos de rigor y de exigencia, huérfanos de saber. En el fondo, mileuristas bien pagados.
Hemos utilizado Bolonia malévolamente para destruir un sistema que con todas sus carencias, que eran muchas, más o menos funcionaba. Ahora fabricamos titulados, no profesionales y menos todavía individuos ilustrados, conscientes y cívicos.
Seguimos mirándonos al ombligo ideológico de la supuesta igualdad. Olvidándonos que la igualdad debe ser de oportunidades, compartir la misma línea de salida; jamás de resultados, la meta no podrá ser igual para todos. Porque las capacidades no son las mismas. El esfuerzo depositado, tampoco. Y porque eso significa igualar siempre por abajo. En eso estamos empeñados.
Ninguna sociedad que se precie sobresaldrá a base de una generalidad de mediocres, y una mayoría de ignorantes, sin una élite intelectual amplia. Algo que escasea cada vez más en la una vez culta y refinada Europa y, sobre todo, en España.
Seguimos viviendo gracias a la inercia de dos siglos de fastuosos avances en todos los frentes. A base de deuda y glorias pasadas, si nos olvidamos de las tragedias que llevaron aparejadas. Con lo que o nos armamos de humildad, rearmando la sociedad de esa cosa tan escasa, denominada talento, que no suele salir de la nada; fomentamos la creación, no solo de ciencia y aparatos sino sobre todo de ideas, de ideales y de conceptos; o convertiremos estos lares en eriales, humanos y no solo físicos, como los que estamos provocando.
En el que las joyas de la abuela acabarán siendo malvendidas y nuestra alma entregada al mortífero diablo consumo, monstruo de cuernos sucios y malolientes, armado de tridente climático fatal.
Primero habrá que recapacitar. Reconocer el estrepitoso fracaso de nuestro sistema educativo. Para luego poder sembrar. Rehacer sus cimientos, jubilando a los pedagogos malditos que han provocado tan lectiva catástrofe.
Restaurando los caducos valores tradicionales motor de cualquier sociedad que se precie: belleza, honradez, tenacidad, educación, honor, coherencia, orgullo, trabajo, superación, profundidad, esfuerzo, generosidad, cultura, respeto,…
La vuelta a las disciplinas básicas de siempre sin nombres camuflados: álgebra y cálculo, física y química, biología y geología, historia y geografía, filosofía y derecho, escritura y declamación, música y teatro, drama y comedia, lectura de los clásicos y buena literatura… La reinstauración del humor y, por qué no, de la chanza. La resurrección del arte, algo que una vez fue sublime y hoy vulgar espectáculo.Evitando la sobreprotección, no sea que se traumaticen, aceptando que niños y jóvenes puedan cometer errores ellos mismos y no lo hagan padres y educadores por ellos. Educándoles de manera que sean capaces de soportar arrobas de frustración e innobles injusticias en el camino hacia el éxito.
Éxito que no solo significará riqueza sino también dignidad, conocimiento, cultura, capacidad de superación y, sobre todo, de discernimiento y de elección. Como siempre ha sido. Como lo será en el futuro otra vez. El día que dejemos de vivir de glorias pasadas, de un dinero que no tenemos y de un planeta que pronto no dará más de sí. Cuando restauremos la decencia, la honradez y el buen hacer. Cuando implantemos de nuevo la sobriedad, es decir, la ciencia de la escasez.
 
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