miércoles, 1 de octubre de 2014

Hasta aquí hemos llegado y ¿Ahora que?

Catalunya ha sido un territorio de acogida durante toda su historia, donde las gentes venidas de otros lugares, han colaborado a su evolución. 
En el último medio siglo, el porcentaje de población venida de otros lugares de España y de países extranjeros ha aumentado vertiginosamente. Muchos de ellos han abrazado las tradiciones usos y costumbres catalanas, y otros no, por razones muy diversas. 
La sociedad catalana es muy cosmopolita y por ello es comprensible que no todos los catalanes sientan la misma emoción que provoca siempre la contemplación de un grupo humano unido pacíficamente en pos de un ideal colectivo que trasciende del interés individual inmediato. 
Me refiero a manifestaciones multitudinarias del 11 de Setembre de los últimos tres años. Los recién llegados o los que no se han interesado nunca por conocer la historia, deben saber que esta es la fuerza, soterrada y perenne, de muchos catalanes a lo largo del último siglo: un sentido de comunidad que viene de lejos y que quiere proyectarse al futuro, una voluntad de ser que permanece incólume, pese a todos los avatares, desde la capital hasta el ultimo rincón de la tierra catalana y mucho más allá donde habite algún catalán. Algunos han ironizado sobre la gran presencia de niños en la cadena que formó la Vía Catalana o en la V de voluntad, votar y victoria. Precisamente la presencia de niños junto con su padres y abuelos da testimonio y posibilita la perdurabilidad de la fuerza tranquila pero tozuda, frágil en apariencia pero persistente hasta el extremo, de la nación catalana. 
Muchos españoles hacen lo posible por escuchar otras fuentes además de las oficiales. Muchos tienen familia en Catalunya o trabajan con catalanes que les transmiten su versión de como viven ellos el proceso. Muchos, además del sentimiento, emplean el sentido común y razonan sosegadamente. Por ello quiero pensar que pese a toda la abundante y potente propaganda de la caverna mediática y alguna prensa y emisoras de ámbito estatal, la mayoría de los españoles pueden llegar a entender –e incluso a admirar– la permanente "voluntad de ser" de muchos catalanes. De ahí que seguramente un gran número de españoles estaría dispuesto a admitir una consulta que permitiese a los catalanes decidir su destino. Es un problema de conocimiento. 


Pero parece que el grupo asentado sobre el Estado (no solo el PP, también el PSOE y otros grupos minoritarios), que lo usufructúa en beneficio propio, es inmune a cualquier apelación racional que implique un reparto de poder, ya que esto lesionaría sus particulares intereses. 
Este grupo es el que hace que el Gobierno español se enroque en una defensa numantina de una legalidad constitucional literalmente interpretada y se oponga a toda consulta, con olvido de que hoy es inviable la imposición indefinida de cualquier tipo de convivencia forzosa. 
Además, aunque el presidente Rajoy no pertenezca a este grupo –del que recibe embestidas continuas-, muestra idéntica cerrazón; lo que, en su caso, no es cuestión de intereses ni –tal vez– de conocimiento, sino de aliento, es decir, de falta del empuje preciso para de pilotar el cambio –incluido el constitucional– que el agotamiento del actual Estado de las Autonomías exige. 
Así las cosas, ¿cual es el desenlace previsible, ahora que buena parte de la iniciativa política reside ya en la calle? 
El Gobierno Español no ha querido una consulta “pactada y acordada”, por lo que al president Mas no le quedará otra salida que la convocatoria –más antes que después– de unas elecciones plebiscitarias a las que Convergencia –con o sin Unió–, Esquerra i las CUP concurrirán llevando como primer punto programático la declaración unilateral de independencia. 
Si la complacencia con la situación política actual, el miedo al cambio o el “sentimiento” de abandonar los lazos políticos con el lugar de procedencia, impele a unos a votar activamente por el “NO”, habrá que ir pensando en asumir que vamos a vivir en un estado con autonomías convertidas en meros gestores administrativos de proximidad y sin ningún poder de decisión política. 
Si ganan los que quieren que Catalunya sea una nación con estructuras de estado operativas y ligado al estado español (SI-NO) el gobierno catalán habrá de pedir al gobierno español más autonomía. Por lo visto hasta el momento es utópico esperar, de unos poderes incapaces de cualquier negociación civilizada, que sólo practican el ordeno y mando ayudados por el poder, un cambio de mentalidad tan profundo. 
Si el frente independentista gana estas elecciones de forma amplia (SI-SI), el Parlament proclamará unilateralmente la independencia de Catalunya, si bien sometiendo esta a la condición a su ratificación por los catalanes mediante referéndum, para el que se solicitará de nuevo la autorización del Gobierno del Estado. 
Y, previsiblemente denegada esta otra vez, habrá que comenzar la internacionalización del conflicto, sin perjuicio de que el Gobierno Español pueda suspender la autonomía catalana, dispuesto a todo antes que negociar civilizadamente para resolver un problema enquistado.
Los catalanes que abogan por el “SI-SI” están demostrando, hasta el momento, un buen grado de compromiso y perseverancia. En todo caso, se habrá superado con creces el punto de no retorno, por lo que la independencia de Catalunya será inevitable antes o después. Otro tema son los costes y dificultades que tendremos que soportar todos durante la transición. De esto habría que hablar largamente y sólo de pensar en las dificultades de todo tipo que habrá que superar, a muchos les tiemblan las piernas y hasta la voz. 
Todas las negociaciones son duras aunque haya voluntad “Win-Win”. Más aún cuando no se quiere dialogar, ni ceder en nada, ni perder nada, sólo dominar como parece que hace el Gobierno del Estado español. Aquí es cuando hay que recordar que sin esfuerzo ni perseverancia no se logra ninguna meta que importe en la vida. Cada uno debe pensar si prefiere vivir relativamente tranquilo y dependiente de lo que quiera el amo o prefiere ser autónomo para poder tomar sus propias decisiones. En este caso, los problemas, las decisiones acertadas o erróneas y las responsabilidades serán suyas. Si el parlamento catalán toma la decisión, por mandato mayoritario popular, de declarar la independencia, estará solo para desarrollar el proceso. Que nadie sea frívolo con su decisión ni espere ayuda de la comunidad internacional (otros estados) ni de los poderes financieros, que al mundo del dinero no le gustan los cambios ni los experimentos aunque los números pinten bien.
Aún con todo, solo la franca aceptación de una consulta por el Gobierno de España podría impedir este proceso inexorable. Pero me temo que no tendremos tanta suerte. La clase dirigente española repetirá viejos errores provocados por la ignorancia, consolidados por el egoísmo y sostenidos por la soberbia. Y, cuando llegue la debacle, aun tendrá la desvergüenza de quejarse de un destino que ella ha contribuido más que nadie a forjar, no importa que haya pruebas escritas o grabadas que atestigüen lo contrario. Por ello, antes de que todo esto suceda, quiero dejar constancia expresa de mi repudio, de mi desdén y de mi pena por esta actitud suicida de la clase dirigente española que grita NO no y no a todo, sin proponer ni negociar nada, por el bien de la inmensa mayoría de españoles y catalanes.
©JuanJAS

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