martes, 2 de agosto de 2016

Trump, el oro y el poder

Las personas que no les gustan las joyas ni los metales preciosos piensan que el rey de los metales es una pésima divisa, una “roca” que no debería tener “ningún valor” y que la devoción que muchas personas le tienen es “primitiva e irracional”. 
Sin embargo debemos admitir que el metal precioso es un símbolo de riqueza, pero sobre todo, de poder.
El oro no es solo una forma de dinero, es el “dinero” por excelencia; “quien tiene el oro, pone las reglas”.
Como divisa honesta, sólida y que no puede ser reproducida a voluntad por los banqueros centrales –como sí las divisas de papel que ellos emiten y nos imponen-, el oro es la antítesis del actual sistema monetario basado en la deuda. Los gobiernos lo detestan, al igual que las autoridades monetarias y los grandes banqueros privados que se han dedicado durante décadas a denostarlo. 
Cómo no iban a hacerlo, si con el dinero de papel pueden inflar casi hasta el infinito sus cuentas, sus ganancias y el gasto público gracias al crédito desenfrenado. Claro, cuando el castillo de naipes colapsa porque el crecimiento al infinito de la deuda es imposible (tarde o temprano hay que pagarla), socializan las pérdidas entre todos los contribuyentes. Un negocio redondo y perfecto que no podían llevar a cabo cuando el dinero tenía su contrapartida en oro; que no puede crearse de la nada y sin límites.
Lo odian porque el rey de los metales es un símbolo de "libertad", de responsabilidad y contención en el gasto y el crédito, de respeto a la propiedad privada y del mercado libre, todos, elementos de los que es preciso prescindir para cometer sus excesos. 
El oro fue elevado al trono monetario por la vía más democrática que existe: la del mercado. Nadie impuso por decisión “racional” ni por decreto de ley la aceptación de los metales nobles como intermediarios generales en los intercambios (dinero), y no obstante, ha ocupado ese puesto en diferentes lugares y momentos de la historia. 
Los individuos actuantes –con sus transacciones comerciales— eligieron al oro (y la plata) de manera libre, espontánea y natural después de un largo proceso de discriminación entre distintas formas de “representaciones del dinero” como una vez lo fueron las hojas de té, la sal, el ganado, los camellos, el cacao, etc. Todos los caminos siempre condujeron a los metales preciosos por sus particulares propiedades y características. 
El ser humano tiene una conexión y fascinación especial por el oro que ninguna autoridad podrá jamás eliminar.
Peter L. Berstein explica en su libro “The Power of Gold: The History of an Obsession” (El poder del oro: La historia de una obsesión) cómo reyes e imperios han perseguido al oro y para ello, han recurrido incluso a complejas cadenas de suministro y al poder militar, a pesar de que acumularlo y transportarlo en realidad es difícil, costoso, y requiere de mucha protección del producto y personal. Todas estas dificultades las compensaba el echo de que el oro es una manifestación física y visual de “poder”.
Parece que Trump —siempre ha querido que se asocie su “marca personal” al metal amarillo— lo usa con ese propósito y por ello forma parte central en su campaña hacia la presidencia USA. Hace poco, Timothy O'Brien publicó una galería de fotos bajo el título “Donald Trump Loves Gold and Don't You Forget It” (Donald Trump ama al oro y no lo olvides). En ella muestra imágenes de eventos de campaña, propiedades, fotos familiares, muebles, anuncios y hasta del avión del candidato republicano. En todas ellas, aparece el oro.
Los Estados también pueden usar el oro como mecanismo de poder si se asocia al valor de la divisa de su país. No por nada China –la nueva súper potencia naciente-, se ha convertido ya en la máxima productora y acumuladora de oro del mundo.
Beijing tiene una política de promoción de la tenencia de ese metal entre los chinos, y quiere hacer de Shanghái la ciudad protagonista en la determinación internacional de su precio. Parece que será difícil que alguien les detenga.
Toneladas y toneladas de lingotes abandonan cada día Occidente para reubicarse en Asia. El oro nos da pues un mensaje claro de que el centro de poder está cambiando en el mundo.

Estados Unidos ya no es tan grande como solía, y el dólar, dejó hace mucho de ser “tan bueno como el oro”. El error de haber abandonado el “dinero sólido”, lo pagará muy caro porqué parece que quien le da la espalda al oro, pierde el poder.
©JuanJAS
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