domingo, 7 de abril de 2019

Antes de usar masivamente la inteligencia artificial hay que dotarla de responsabilidad ética

La inteligencia artificial (IA) y, en general, todas las nuevas tecnologías, son algo formidable. Son fruto de la inventiva de los seres humanos que, trabajando en red, hemos conseguido capacidades casi ilimitadas. Sirven para mejorar nuestro nivel de vida, cubrir muchas de nuestras necesidades, servir mejor a los demás…
También es cierto que los humanos, con todos nuestros defectos y debilidades, la hemos usado también para hacer cosas malas contra otros seres humanos, y contra otros seres vivos. Por ello es fundamental estudiar cómo aplicar la ética a las nuevas tecnologías.
Los problemas morales los tenemos las personas, no las máquinas ni el software. La ética ayuda a identificar los problemas, proporciona criterios para la valoración de las alternativas, para tomar la decisión mejor en cada caso y para implementarla. La ética también se preocupa de los efectos que las decisiones tienen sobre las personas. Porque los humanos aprendemos de nuestras acciones y de las de los demás… y esto nos cambia, y cambia nuestra manera de actuar. 
El diseñador, fabricante o usuario de, por ejemplo, un automóvil autónomo, debería preguntarse: ¿qué voy a hacer con él?, ¿cuál es el objeto de mi acción?, ¿qué pretendo o espero conseguir?, ¿cuál es mi intención o mi fin?, ¿qué consecuencias puede tener mi acción?, etc.
Lógicamente, esas preguntas necesitan respuestas sinceras, profundas y bien pensadas, entre otras razones porque el que se siente al volante de ese automóvil (si es que tiene volante) no tendrá mucho tiempo para hacerse esas preguntas cuando llegue el momento y menos para buscar una respuesta acertada.
El coche autónomo va a tomar, en milisegundos, decisiones por mí (su propietario/usuario), que tienen contenido ético y sin contar conmigo: cambiar de carril, elegir la velocidad, dejar pasar a otro vehículo más rápido, detenerse cuando hay un accidentado en la cuneta, hacer señales a un coche que lleva las luces largas, no respetar la limitación de velocidad…). ¿De quién será la responsabilidad ética por esas decisiones? ¿Del diseñador, fabricante, programador…, del conductor, pasajero, propietario…,? Obviamente, cada uno tendrá una responsabilidad, menos la máquina, que no puede ser responsable de nada, aunque sí trasladará la responsabilidad a otra persona, en la cadena de decisiones.
Las máquinas, los robots, la IA estará pronto técnicamente disponible: instrumentos de identificación de voz o de rasgos faciales, coches autónomos, armas que eligen sus objetivos y disparan sin preguntar al centro de control, robots cirujanos, robots que cuidan a niños, ancianos o enfermos, etc. Lo que caracteriza a esas máquinas es que recogen información y la procesan, sacan conclusiones y llevan a cabo acciones sin intervención o guía humana. Sin embargo para poder usar con mínimas garantías estos productos es imprescindible trabajar urgentemente en la elaboración de un conjunto de principios o normas éticas, que deben tener en cuenta los diseñadores y fabricantes, los que introducen esas máquinas en otros aparatos, los que las usan, los que regulan esos procesos, los que los controlan y supervisan…
  • Seguridad “razonable” del resultado, ahora y en el futuro 
  • Transparencia de los procesos 
  • Asunción de la responsabilidad de diseñadores, constructores y usuarios 
  • Alineados con valores (sociales, personales, de la empresa): dignidad, derechos humanos, libertad, diversidad cultural 
  • Privacidad en el acceso, uso y control de los datos 
  • Libertad protegida, ausencia de discriminación 
  • Abierta: beneficios compartidos 
  • Control de la capacidad futura de la IA 
  • No desestabilización de los procesos sociales y cívicos 
  • Prudencia en la planificación y gestión de los riesgos 
  • Cultura de cooperación, confianza y transparencia 
  • Evitar una carrera competitiva, con perjuicio de la seguridad 
  • Líneas rojas que no deben trasparsarse 
  • Compromiso de no desarrollar superinteligencias, si no es por ideales éticos compartidos, en beneficio de toda la humanidad 
  • No uso en la carrera de armamentos 
  • Control por los humanos: no hay inteligencia sin dirección
Hay que tener en cuenta que los principios no serán suficientes porque son generales y abstractos, no siempre se adaptan bien a las situaciones concretas y, a veces, se presentan conflictos entre principios. El ser humano (unos mejor que otros) puede entender los matices y llevar a cabo decisiones en situaciones confusas; esto se aprende a lo largo de la vida, y se va modificando con el aprendizaje. Pero el robot no puede hacer esto. Por eso, al final de todo el proceso, estará siempre la libertad y responsabilidad de la persona.
La ética no es opcional; es voluntaria y una exigencia de la excelencia. El directivo ético procura tener en cuenta todas las consecuencias relevantes de sus acciones, para los demás y para él mismo; sabe ponerse en la piel del otro, no omite la consideración de ninguna persona relevante interesada en el negocio; puede llevar a cabo una adecuada gestión del riesgo por los impactos y prácticas de la empresa; desarrolla una cultura de diálogo; se anticipa a los problemas; huye del cortoplacismo en la obtención de resultados (si le dejan sus accionistas)… Esas son las razones por las que los directivos/dirigentes deberían ser éticos: porque es la condición de excelencia: si no son éticos, no serán nunca unos excelentes directivos/dirigentes, aunque obtengan grandes beneficios y reconocimientos, porque estarán ciegos para una parte de la realidad, que es muy importante.
La empatía está en la esencia de nuestra humanidad. Sin empatía no existiríamos. Gracias a la empatía se desarrollan todas las Humanidades. Sobre todo la Ética. Porque sentimos, creemos y amamos a nuestros semejantes. Los robots hacen y harán cosas excepcionales, increíbles, y decidirán entre infinitas posibilidades. Pero, por ahora, no serán otra cosa que el producto del proceso de infinidad de datos, de programas, de ordenes que se den quizás a ellos mismos. 
¿Podremos, algún día, programar a los robots para que “sientan” empatía? Mientras ese día llega, ¿Porqué no limpiamos un poquito nuestras neuronas “espejo” y con ello podríamos ser también un poquito más éticos?
La ciencia y las técnicas avanzan cada vez más rápidamente. Por ello es urgente formar a los jóvenes como seres humanos responsables y éticos y asegurarse que aprendan a desarrollar planes consistentes, eficientes y eficaces.

jueves, 28 de marzo de 2019

El espectáculo mediático enrocado

Hay una excesiva complicidad entre los políticos y el periodismo, hasta el punto de que en muchas ocasiones la línea que separa la actividad política y el periodismo es tan fina que con frecuencia queda borrada. El periodista soldado o atrincherado en una causa política por muy legítima que sea deja de ser un referente.
Un buen periodista/medio de comunicación, si quiere ser digno de confianza por sus lectores, debería “contar las cosas como son o como han sucedido” sin añadir nunca un comentario personal ni una opinión sesgada. El buen periodismo es el más sencillo, el que cuenta, observa, describe, sin fantasías y con rigor. Es el que mejor se entiende y el que permite a la audiencia crearse una idea propia de lo que ocurre.
Lo ideal sería que no fuera necesaria la intervención de intelectuales en la vida política de un pueblo y con muchos menos salvapatrias, estrellas mediáticas, tertulianos y especialistas en temas que desconocen, improvisando y equivocándose al emitir sus opiniones, la vida pública sería más interesante.
Lo que sucede es que, para los medios (TV y Radio) es menos costoso llenar sus tiempos de emisión con una pléyade de tertulianos que si tuvieran que buscar “verdaderos expertos” en el tema para que debatieran públicamente sus argumentos. Lo ideal sería que fueran supervisados por una especie de “juez” que validara o invalidara la pertinencia o corrección de las pruebas presentadas para apoyar los diferentes argumentos. Para los receptores de los “shows” televisivos y radiofónicos también es más sencillo oír la musicalidad y verborrea de las “estrellas mediáticas” que escuchar debates de expertos debatiendo sobre temas/intereses reales y concretos, con argumentos apoyados en datos y pruebas contrastadas, esforzándose por entenderlos para poder elaborar una opinión propia sobre el tema debatido.
Los medios alargan las “representaciones” y dan vuelta a la noria, repetida y cansinamente, a los mismos temas de moda una y otra vez. Ponen el foco en lo propio y se olvidan de la interrelación entre los pueblos, con sus propias culturas y creencias. Ese periodismo atrincherado va en contra del progreso y de la libertad, y sus relatos emocionales, alejados de los hechos, son muy románticos pero efímeros y peligrosos. Suministrándonos productos emocionales basados en el sobresalto, en el escándalo o en la exageración, en vez de promover los análisis de los hechos, lo único que provocan son psicosis colectivas de simplificación.
Los políticos y dirigentes sociales siempre han tenido la opción de dirigirse a la nación para confesar sin tapujos que sus campañas (tanto en Catalunya como en UK) se habían basado en mentiras y exageraciones. Quien desvelara el engaño, masivo y continuado, o al menos confesara los grandes errores, prestaría un alto servicio a su país, pero nadie osará protagonizar tal gesta porqué el precio a pagar será verse despojado del poder y acabar en el purgatorio de los traidores. Por ello nadie asumirá sus errores, ni dimitirá, ni de un lado ni del otro. Tampoco ningún periodista rectificará ni confesará su partidismo. Nadie desde los medios públicos nos recordará que la democracia no es solo votar, sino también suspender un acto reivindicativo en forma de votación popular que tu propia policía te recomienda no celebrar. También es democracia cumplir con las normas discutidas y aprobadas en el Parlamento (siempre que no hayan sido aprobadas a la carrera y por precarias mayorías). En todo caso, hoy en día, en nuestro mundo globalizado, no hay nada más retrógrado que levantar muros o barreras para aislarse de los demás. Entre otras cosas, porque en estos tiempos parece inútil querer regresar a los compartimentos estancos, a las fronteras y a los visados, para excluir sólo lo que no nos guste.

jueves, 21 de marzo de 2019

El pensamiento motivado

Sólo aceptamos como válido lo que nos reafirma en lo que ya creemos o pensamos y por ello el “pensamiento motivado” tiene una fuerza descomunal. 
Si un experto nos dice lo contrario de lo que pensamos/creemos, por excelente que sea su currículum, aunque tenga mucho reconocimiento internacional, lo consideraremos un "vendido", un falso o un mentiroso y refutaremos todo lo que diga, sin necesidad de aportar ninguna evidencia que corrobore nuestro proceder. Lo vetaremos como amigo en las redes sociales y si compartimos algo que lleve su firma será para criticarlo/ridiculizarlo. 
Parece que los científicos han demostrado que nuestro cableado neural responde a las emociones más que a los datos. Este problema ha contribuido a facilitar el auge de los populismos, ayudados por el auge de las redes sociales, que favorecen que la propaganda, las fake news y la desinformación se expanda de manera peligrosa. 
Psicólogos y neurocientíficos saben perfectamente que los datos por muy contrastados que sean convencen menos que los mensajes emocionales. 
Llegados a una situación en la que se cuestionan las pruebas irrefutables de la ciencia, nos podemos imaginar que puede pasar en otros campos y situaciones. Por eso hay que escoger muy bien los medios que utilizamos para informarnos, y leerlos con pensamiento crítico. Muchos medios/influencers/personas regularmente nos pintan a determinados grupos o personas identificándolos con el “eje del mal”, como locos,… Nos dicen que que todo lo que dicen o hacen es malo sólo por el hecho de pertenecer a un determinado grupo, que no es el nuestro, etc., Automáticamente me pongo en guardia ante las informaciones que suministra ese periodista, medio o divulgdor. Nadie hace todo mal ni todo bien. Nadie tiene la razón absoluta y nadie debe ser privado de la libertad de expresar su opinión. Lo que si deberíamos hacer siempre es estudiar las pruebas que nos aportan, pensar y razonar, buscar las “fuentes originales” (si no las muestran o nos dicen como encontrarlas, dejo inmediatamente de leer) y contrastar con otras fuentes para tratar de averiguar si nos quieren tomar el pelo, desinformándonos para provocar una reacción determinada que favorezca sus intereses. 
A lo largo de la historia los sabios y los científicos nos han explicado sus descubrimientos que han hecho progresar nuestras sociedades (unas más que otras), pero, como no los tenemos agregados en nuestros grupos de WhatsApp, para muchas personas seguro que no serán de fiar.

martes, 19 de marzo de 2019

Necesitamos un nuevo “contrato social”

La idea de un contrato social (CS) es antigua. Aunque nunca se firmó ninguno, se considera que está implícito en muchas actuaciones de los ciudadanos y de los políticos. Se supone que en algún momento pasado de la historia de cada comunidad humana, los ciudadanos, hartos de pelearse entre sí y acabar mal, hacía un contrato para crear un Estado que se encargase de la gestión de los asuntos comunes.
El contenido de ese CS implícito puede tener una amplia gama de posibilidades, desde el mínimo para permitir una sociedad en que se pueda vivir (y, luego, que cada uno haga lo que quiera) y un máximo en el que la sociedad es un gran proyecto común, compartido, en el que todos reconocen derechos y deberes, o mejor, derechos que necesitan respetar unos deberes para que puedan cumplirse nuestros derechos; e incluso otro máximo, en que alguien (los que mandan) imponen un modelo de contrato social que todos deben cumplir, les guste o no. La misma idea de qué forma parte de nuestro CS no está definida a priori y esto puede estar en la base de las sucesivas crisis de los CS que hemos conocido
El CS va perdiendo fuerza con el tiempo, porque aparecen nuevos conflictos; porque han cambiado los circunstancias y porque ha cambiado la actitud de los ciudadanos.
En la España de los años sesenta el CS en el ámbito laboral incluía la idea de que el trabajador aportaba su trabajo, la empresa le pagaba su salario, el empleo se mantenía, el sueldo crecía un poco por encima de la inflación, si la productividad mejoraba, y así año tras año, aprovechando un tirón grande del crecimiento económico, la apertura de la economía, el aumento de la población en edad de trabajar, etc.. Cuando llegó la crisis del petróleo (1973), los costes subieron fuertemente para las empresas (precio de la energía), en un momento en el que las ventas cayeron (recesión). Los empresarios consideraron que el contrato social anterior no era viable, porque el empleo no se podía mantener; los trabajadores pensaron que los empresarios habían traicionado el CS, porque no les garantizaban el empleo ni un crecimiento de los salarios por encima de la inflación. El resultado fue malestar social, conflictos y una crisis, que se juntó a la crisis política (cambio de régimen). La solución llegó más tarde, con los Pactos de La Moncloa (1977), que establecieron unas reglas de adaptación de los salarios a la inflación, con la nueva Constitución (1978), con la reforma fiscal (principalmente del IRPF), la ampliación del estado del bienestar, un nuevo Estatuto de los Trabajadores y, finalmente, la entrada en la Unión Europea y un nuevo periodo de prosperidad. El conflicto laboral se enmarcaba en un conflicto social más amplio (recesión, inflación, cambio político, exigencias de nuevos derechos políticos, etc.), y que la solución vino por medidas laborales, pero dentro de un marco más amplio.
Con los años han variado las cosas que me preocupaban antes, y que me llevaban a tener una actitud de colaboración, de solidaridad e incluso de generosidad para con otros, ahora ya no. Ahora he reducido el ámbito de quiénes son los demás o de qué cosas de los demás me preocupan. El individualismo creciente está en el fondo de la crisis del CS vigente. La desigualdad es algo que preocupa: a unos, porque están en el lado de los perjudicados; a otros, porque pueden caer en el lado de los perjudicados, bien ellos o sus hijos. Las inmigraciones cambian el entorno en que nos movemos. El crecimiento no está asegurado, de modo que, si el futuro puede ser peor… necesito prestar más atención a mis asuntos…
La consecuencia de todo lo anterior es que… vivimos en unas sociedades menos cohesionadas, donde los CS de hace unas décadas dejan de ser válidos.
Ahora, lo primero que necesitamos es tener una idea más clara de nuestros problemas actuales, porque el nuevo CS debe ser muy amplio, verdaderamente “social” en dos sentidos: de toda la sociedad y de cada sociedad humana particular.
Ahora me preocupan: 
- La pérdida de la capacidad de crecimiento en algunos países, sobre todo avanzados y la perspectiva de menos recursos globales para hacer frente a los problemas. 
- El alto nivel de endeudamiento en algunos países: a veces, en las empresas (o sea, dificultades para sobrevivir en caso de crisis ), otras, en las familias (¿estamos dejando a nuestros hijos una carga que no podrán asumir?), otras en el Estado (¿podrá asumir las responsabilidades que vamos a delegar en él?). 
- La necesidad y temor de reducción de las prestaciones sociales (pensiones, por ejemplo): claramente, una violación del contrato social. Aunque nos siga doliendo, ya nos hemos acostumbrado a que el Estado NO cumpla la Ley de la Dependencia. 
- La globalización: algunas de nuestras ventajas se marchan a otros países, quizás más pobres, que lo necesitan más, pero… ¿a costa de nuestro bienestar y futuro personal? 
- Las desigualdades: sensación de que no se respeta la justicia social (aunque no tenemos una idea muy clara de en qué consiste). 
La tecnología, que mejora mucho nuestra calidad de vida, pero tiene costes importantes (por ejemplo, en las perspectivas del empleo); además, sus ventajas se reparten de forma desigual… 
- La sensación de pérdida de nuestra capacidad de controlar la situación: ¿podré cobrar la pensión que me prometieron? ¿Encontrará mi hijo el empleo que esperaba? Esto se combina con la abundancia de trabajos precarios, salarios bajos… 
Nuestras sociedades necesitan una reflexión seria sobre todo lo anterior, y sobre muchas más cosas. La tentación de las fake news y de las explicaciones parciales no sirve. La idea de que, si mi partido gana las próximas elecciones, todo estará resuelto, no vale: su duración es muy limitada, las victorias pueden convertirse en derrotas y, sobre todo, la solución no está en nuevas leyes o nuevos controles, porque la gente aprende cómo evitar unas y otros, porque a menudo la ley acaba en algazaras callejeras que desestabilizan a los gobiernos, y porque, aunque ganemos en las elecciones o en el referéndum  mañana tendré que volver a convivir con los perdedores… 
Más allá de un Macro-Contrato-Social-Mundial, hacen falta muchos mini-CS-parciales, en nuestro país, región, ciudad, barrio, empresa… y en lugar de ocuparse de buscar soluciones para todos estos problemas verdaderamente importantes, parece que los políticos se empeñan en perder el tiempo en colgar o quitar la colada de los balcones y las televisiones nos anestesian hsta el hastío con las mismas historias irrelevantes e interminables.
¿De qué deberían hablarnos los políticos y de que temas deberíamos debatir los ciudadanos? Pienso que sería bueno debatir y me interesaría escuchar diferentes propuestas sobre:
- Los impuestos y del gasto público: qué damos a cambio de qué (lo que es justo y lo que no). No tiene sentido decir que tengo derecho a recibir 10 si he dado 10, porque quizás mis ingresos son altos y las necesidades de otros importantes, pero sí de que haya una cierta proporción. Y, sobre todo, que, si se pide más a algunos, se les explique las razones, se les informe de los resultados y, en su caso, que se proporciona una compensación por otro lado (por ejemplo, en forma de paz social más duradera).
- ¿Quién recibe los servicios del Estado?. ¿En qué proporción van a los ricos, a los pobres y a la clase media? ¿Con qué criterios, para qué objetivos… Quién se beneficia realmente de la red de seguridad que, en principio, está pensada para los más necesitados?.
- ¿Cómo se reparten las responsabilidades, entre las personas y familias, el sector social, las empresas y el sector público?. No todo se debe dejar a la filantropía personal o corporativa, ni todo se debe dejar al Estado. Luego, probablemente habrá que bajar más en la escala de responsabilidades: qué nivel de gobierno se hace cargo de qué responsabilidades, por ejemplo.
- ¿Con quién tenemos responsabilidades? ¿Solo con mi familia, con los de mi barrio, o también con los de la otra esquina del país, o con los pobres de otros países? ¿Con qué criterios y que medios decidimos hasta dónde extender nuestras responsabilidades?
- Las generaciones futuras. Hace décadas podíamos decir que, con la mejora esperada del nivel de vida, seguro que ellos vivirían mejor que nosotros. Ahora esto no está tan claro, sobre todo si añadimos la dimensión medioambiental. Y la calidad de nuestras instituciones. Y la deuda que les dejaremos…
- Un aspecto importante en el reparto de responsabilidades es el del “componente de seguro de nuestro estado del bienestar”. Cada uno de nosotros debemos considerarnos el primer responsable de nuestras necesidades y las de nuestra familia, pero debemos estar protegidos de situaciones “atípicas-excepcionales” que no podamos atender por nuestros propios medios (un desempleo de larga duración, o una larga enfermedad degenerativa, la necesidad de un trasplante urgente, etc.). La “seguridad social” está para eso: un seguro obligatorio, cubierto por todos, porque no sabemos quién será el interesado, ni cuando y porque sospechamos que, cuando nos toque, podremos no estar en condiciones de atender nuestra necesidad puntual y extraordinaria con nuestros recursos privados.
- La idea de redistribuir la renta o la riqueza tiene otra base: quizás que alguien no tuvo la oportunidad de algo a lo que tenía derecho, o fue discriminado en el pasado… Pero el fundamento de esto es distinto del estado de bienestar, y los medios para llevarlo a cabo deben ser también distintos.
- Necesitamos revisar las políticas que conceden beneficios “a todos”, porque, en el límite, esto es insostenible, y porque crea dependencia y malas prácticas (recordemos que vivimos en un país que inventó la picaresca o al menos tenemos generaciones de experiencia en su aplicación).
- Justicia intergeneracional: qué hay que dar a los jóvenes, qué a los de en medio que pasan dificultades, y qué a los mayores, que ya no tienen medios para auto-protegerse.
- En el trabajo, la idea de un contrato indefinido con altos costes de despido, que protege el puesto de trabajo más que al trabajador, no se sostiene. Hay que cambiar el énfasis, para dar al trabajador más protección, independientemente de dónde esté trabajando, hay que ofrecerle flexibilidad para adaptarse a las nuevas circunstancias (envejecimiento, cambio tecnológico) y, a la vez, proporcionar capacidad de adaptación a las empresas.
- Etc.
Hay múltiples aspectos que conviene considerar y discutir socialmente si queremos rehacer nuestro CS. Luego vendrán las preferencias políticas (conservadores, socialistas, libertarios, comunistas), los intereses más o menos cortoplacistas y las negociaciones. 
Me gustaría que algún partido político entrase por esta línea, pero me temo que esto es “pedir peras al olmo”. 
Los Estados han ido restringiendo cada vez más el ámbito en el cual podemos ejercer nuestra libertad personal, los impuestos han ido aumentando en desmesura y todo se ha vuelto mucho más complicado por los controles públicos exasperantes. Los servicios públicos se han ido deteriorando y lo siguen haciendo. Supongo que acabaremos en sociedades divididas, enfrentadas y violentas, y cuando ya casi todo esté perdido; entonces no tendremos más remedio que negociar un nuevo CS realista para poder sobrevivir. Mientras, sigamos arrastrándonos por el fango de la mediocridad y la desvergüenza que cultivan con pericia e insistencia nuestros políticos y que cada cual disfrute de su comodidad inútil arrastrando el ascua a su sardina o se queje de su esfuerzo no recompensado. Tanto da porqué la sociedad ha perdido el rumbo, sus valores y su capacidad para pensar en un futuro que descifre simbolismos subjetivos y altruistas…

lunes, 18 de marzo de 2019

Mucho ruido y pocas nueces

En mi casa cada vez vemos menos los “telenoticias” porqué la inmensa mayoría de las proclamas, de los políticos (nuevos, jóvenes y guapos ellos, no sus proclamas) solo sirven para meter el dedo en el ojo al contrincante y aumentar la demagogia y el miedo de las gentes. No explican ningún proyecto de futuro ni proponen ninguna solución para intentar resolver los numerosos problemas del país, y si nadie nos garantiza un proyecto creíble de futuro, el presente se nos vuelve cada vez más inmenso y difícil de transitar. 
Las declaraciones demagógicas de nuestros fogosos y maleducados políticos dan fe de que la enorme magnitud del momento que vivimos es demasiado grande para las mentes pequeñas y cortoplacistas. Viajan mucho por el territorio nacional y vuelan al extranjero pero poco a su interior. Escriben muchos tuits y leen poca filosofía.
Ya se refieran al Brexit o al Catexit los medios van llenos de declaraciones apasionadas que describen la traición, la mentira, la ambición, la cobardía, el miedo, la soberbia, el desdén y el ensueño; una sucesión de confesiones y silencios, de arrogancias y dubitaciones que permiten mantener la tensión. Parece que nadie de los que más gritan tiene el mas mínimo interés en resolver nada y por ello alargan la trama como un chicle. Cuanto más se mantiene la obra (parece una amalgama de tragedias griegas ) en cartel, más beneficiados salen los actores. Las “obras” que nos retransmiten y comentan los medios nos aburren soberanamente y el cinismo de nuestros representantes, que de vez en cuando dan giros inesperados al guión aunque en realidad no sirvan para cambiar el desenlace de la obra, nos exaspera. Cuantos más TN vemos más aterrados de miedo vivimos, al ver tanta ligereza en la gestión de los difíciles problemas que nos atenazan desde hace tiempo y que nadie da muestras de saber ni querer resolver. 
Dicen que tenemos los representantes políticos que nos merecemos. No sé si esto es cierto. Lo que si es real es que los ciudadanos que trabajamos y pagamos nuestros impuestos para alimentar al voraz Estado, sufrimos escenarios de confusión y agobio, por donde se pasea la facundia de los que mandan y la rabia de los que aspiran a hacerlo para hacer más de lo mismo. El menú es el que es; se reproduce (con diferentes nombres y siglas) y se perpetua en sus mezquindades una y otra vez. Nos prohiben cambiarlo porqué es ilegal hacerlo. Nunca se nos detalla (parece que ni se busca) ninguna respuesta coordinada, consensuada y definida, que permita recomponer la fractura del cuerpo social y evitar las consecuencias de la frustración de millones de personas. 
Mientras Trump se enreda en la construcción del muro (parece que a su país no entran “ilegales” más que por tierra (no por mar ni por aire). Sánchez se distrae gastando millones de euros que no tiene ni sabe de donde sacar y nos mantiene entretenidos con el culebrón de la exhumación de Franco. Macron se estrella contra los chalecos amarillos, Italia entra en recesión de la mano del neofascismo, y proliferan la xenofobia y los nacionalismos en una Europa cada vez más atomizada. El consuelo es que parece que la ineptitud política no afecta en gran medida al crecimiento económico, aunque en petit comité, los empresarios, que presumen de tocar de pies en el suelo, se horripilan ante la inestabilidad que este panorama supone.
Nos quejamos de lo imprevisible del porvenir que nos espera, del cambio climático, de las manifestaciones populares sin tregua que cortan nuestras calles día si y otra también provocando problemas y elevando el ruido ambiente. Todos nos quejamos con menor o mayor intensidad por algo que hacen los demás y olvidamos que esto es un factor colateral de la democracia: un régimen de libertades individuales cuyo único límite permisible es la libertad de los demás. Para que ello siga siendo así hay que procurar reglamentar conductas sin castigar pasiones. La estabilidad democrática la garantiza la solidez de las instituciones frente a los efectos cada vez mas extendidos de la demagogia de la mayoría de los políticos actuales.
Por suerte si las instituciones funcionan, aunque no lo hagan tan bien como deberían, no importarán demasiado las veleidades y chorradas que se escuchan en los mítines y retransmitan las TV en sus TN. Servirán solo para demostrar que no sabemos si es que no hemos entendido nada de lo que iba a pasar o en realidad ha sucedido ya lo que creíamos entender que pasaría.
La realidad del poder es la que es y, hoy por hoy, no logro atisbar si esta realidad cambiará. Tal vez algún día se encuentre alguna solución pero no será pronto. Por ello si nos perdemos algunos de los próximos TN nos evitaremos más de un sobresalto y muchos disgustos.

viernes, 15 de marzo de 2019

¡A empoderarse!

¡A “empoderarse” todos!. Que la palabra es muy fea pero conseguir lo que significa es muy importante.
¡A empoderarse todas las mujeres! 
(El término empowerment o empoderamiento de las mujeres, como estrategia para la igualdad y la equidad, fue impulsado en la Conferencia Mundial de las Mujeres de Naciones Unidas en Beijing (1995) para referirse al aumento de la participación de las mujeres en los procesos de toma de decisiones y acceso al poder.)

Nadie debería olvidar que también los hombres necesitamos que nos empoderen, o sea, que nos ayuden a ser mejores personas, mejores profesionales, mejores padres de familia, mejores hijos, mejores yernos, mejores primos, mejores compañeros de trabajo, mejores en TODO. ¡Todos!.

El empowerment no lo regalan, no es el premio de ninguna lotería, ni se reparte por solidaridad, ni se hereda de unos padres/abuelos trabajadores y ahorrativos, sino que exige: 
  1. No creer que lo sabemos todo. 
  2. Determinar qué nos falta. 
  3. Saber dónde lo podemos aprender. 
  4. Y cuánto cuesta. 
  5. Ver de dónde sacamos el dinero y en qué condiciones (vendemos algo que heredamos, nos lo dan, nos lo prestan, en qué plazos y con qué intereses, conseguimos una beca...). 
  6. Nos inscribimos. 
  7. Estudiamos, estudiamos, estudiamos. 
  8. Seguimos estudiando. 
  9. Y quizás aprobamos. Pero si no aprobamos, nadie nos quita el esfuerzo que quizá se nos había olvidado qué hay que hacer en la vida (porque nada es gratis) y, también, algo que nos habrá quedado de lo que hemos estudiado. 
  10. Porque el título es importante, pero lo otro, más. 
Cuando encuentro por la calle a un grupo de personas mirando como uno trabaja, recuerdo este viejo chiste:
“Unos cuantos intentaban subir un mueble pesado en un camión. Como no podían, el capataz los apartó, empujó muy fuerte y en varias embestidas consiguió subir el mueble. Uno de los que no habían podido se quejó: "¡Hombre, haciendo fuerza, cualquiera!”.

Por mucho que se grite y se llenen las calles, como no somos ricos, sino que somos pobres “dopados”, poco conseguiremos. Mas que gritar hacen falta más personas con ideas claras, voluntad y esfuerzo que se empleen a fondo en su trabajo para conseguir “empoderarse”.
Una persona/familia/país que debe todo lo que produce en un año no es rica, y es fundamental que no se engañe a si mismo ni eche toda la culpa a los demás. Un primer paso útil sería hacer examen de conciencia y reconocer que sobrevive gracias al “dopaje” que le inyectan desde el exterior. Cuando una persona/familia/país lucha por la supervivencia no se puede permitir lujos innecesarios. Y si, además, son lujos para pagar los chantajillos, los que han hecho el esfuerzo —pagado— para “empoderarse” más pronto que tarde se empiezan a preguntar si ha valido la pena el esfuerzo personal y pronto buscarán la formula a su alcance para dejar de apoyar el “proyecto”.

lunes, 25 de febrero de 2019

¿Por qué no conseguimos ponernos de acuerdo?

Podríamos resumir que hay tres maneras de concebir las relaciones político-sociales: la socialdemócrata, la conservadora y la libertaria. 
La versión socialdemócrata presenta esas relaciones en términos de “opresores” vs. “oprimidos”. En su versión tradicional, sería trabajadores vs capitalistas; más modernamente, ricos vs pobres; en términos de ideología de género, varones vs mujeres… 
La versión conservadora: “civilización” vs “barbarie”, “orden” vs “desorden”, “reglas” vs “improvisación”. 
La versión libertaria (liberal clásica): “libertad” vs “coacción” o “poder”. 
¿Qué pasa con los inmigrantes? 
Los primeros dicen: están oprimidos por sus gobiernos, por los plutócratas, por el capitalismo globalizado, por la policía de fronteras, por los campos de refugiados… Hay que encontrar una lugar donde puedan ir. 
Los segundos dicen: no se puede permitir que vayan donde quieran, que no cumplan la ley, que perturben las comunidades tradicionales de nuestros países. 
Los terceros: que vayan a donde quieran, pero, eso sí, que se hagan cargo de sus asuntos, que no quieran que les financiemos su decisión.
Me parece que esta manera de ver los problemas es útil para entender las distintas posiciones. Lo difícil es dialogar, una vez hemos llegado a la conclusión de que tú piensas como piensas mientras que yo pienso de otra manera. Lo “fácil” es plantear concesiones, pero esto continúa la dialéctica del enfrentamiento. Me parece que lo que hay que hacer es, principalmente, tratar de entender al otro, y que el otro me entienda a mí. ¿Qué entiendes por opresión, por barbarie, por coacción? 
Pienso que la única solución es abandonar las categorías colectivas: tú eres comunista, socialdemócrata, conservador, libertario, antisistema, catalán, xarnego, rico, pelagatos, listo, inculto,… Porque, probablemente, cada uno de nosotros es muchas cosas al mismo tiempo: una cosa cuando hablamos de tráfico, otra cuando lo hacemos de pensiones, otra con la educación y otra con el derecho a la muerte digna… Cuando “etiquetamos” dentro de una categoría a los demás basados en estereotipos y faltos de una comprensión de la historia y principios de esa persona ponemos una seria traba al diálogo desde el principio.
En muchos lugares la gente no se entiende, sencillamente porque ni siquiera se escucha. Conocemos a mucha gente, y no dedicamos tiempo, ni medios, ni ganas a conocerlos con un cierto detalle. Les etiquetamos de acuerdo a un estereotipo que nos formamos sobre ellos: españolista, separatista, conservador, de izquierdas, cristiano, antisistema, trabajador, vago,… y nos ahorramos todo lo demás. Solo nos esforzamos algo en “conocer” a dos tipos de personas: aquellas con las que tenemos que convivir, y aquellas con las que estamos de acuerdo. Con las primeras profundizamos en aquellas cosas que nos interesan de ellas y dejamos las demás. Con las segundas nos encontramos cómodos y refuerzan nuestras “creencias”, hablamos con ellos, les seguimos en redes sociales…
¿Por qué nos encontramos cómodos con estos últimos? Probablemente, porque las fricciones son mínimas: podemos hablar de muchas cosas, compartir gustos y aficiones, socializarnos (criticamos a “los otros”)… sin que la máquina chirríe. Como dicen algunos sociólogos, somos de la misma tribu. A menudo, la tribu se limita a unas cuantas cosas: somos hinchas del mismo club, compartimos un ideario político, nos gustan las mismas películas… Mientras hablemos solo de esas cosas, la relación funcionará bien. El peligro de las tribus es que pronto aparece el “ellos” contra “nosotros”: ser de la misma tribu implica mirar a los demás como extraños, y quizás como enemigos. La tribu lleva a agrupar la gente por lealtades: a una idea, un interés, un líder…
Es curioso que esto ocurra en una época en la que hemos prescindido de la verdad: no existe, no puede ser conocida, tú tienes tu verdad y yo tengo la mía… El relativismo no nos ha traído el acuerdo, sino la confrontación, quizás porque, si no existe la verdad, no tiene objeto hablar sobre eso, porque, a lo más, llegaremos a una situación de choque frontal o, lo que puede ser peor, quizás tú me convenzas de tu verdad… y entonces me complicas la vida porqué, si soy coherente conmigo mismo, deberé cambiar lo que he hecho hasta ahora. Problema añadido si tengo una buena autoestima y pienso que he llegado hasta donde estoy por méritos propios y no tengo nada que reconocerle a nadie.
Tal vez una solución a este problema de falta de entendimiento que nos perjudica es apartar la vista de nuestro ombligo y mirar más allá de nuestra tribu y tomarse en serio a las personas que puede que estén en otras tribus o militen más o menos por libre. Ese que piensa distinto, que es “de los otros”, es una persona, tiene una historia, tiene sus ilusiones y sus temores, es “otro yo”. ¿Qué tengo en común con él? Quizás vale la pena que le conozca… aunque a lo mejor me complica la vida, si resulta que acabo entendiendo por qué piensa de otra manera y deduzco que lo que yo pensaba no es la verdad absoluta… Esto no resulta fácil de aplicar en grandes cantidades, pero sí de uno en uno, o de unos pocos en unos pocos. Abrámonos. Dejemos de odiar por el solo hecho de que no es de nuestra tribu. Saludemos a otros y ampliemos nuestra lista de conocidos. Preguntémonos por qué piensan distinto y porqué hacen lo que hacen…
Parece que el interés particular de cada uno ha pasado a ser lo más importarte y por ello es difícil establecer acuerdos y entenderse con otros que tienen otros intereses. Ahí está el error, pensar que nuestra tribu satisfará sus intereses sola que empleando la inteligencia emocional para llegar a acuerdos, no ideales pero sí mutuamente beneficiosos, con las otras tribus. Mientras no nos liberemos de la trampa mental y de la falta de empatía que nos impide escuchar y evaluar las ideas y creencias de otros y, con nuestra actitud, consigamos que los “otros” se liberen de la suya, no saldremos del conflicto permanente que nos impide avanzar como individuos y como sociedad.

Pensiones actualizadas con el IPC: ¿Logro o engaño?

Intenten visualizar esta escena:
Un joven precario que empieza a considerar una quimera el cobro de una pensión el día que sea viejo mientras paga religiosamente una parte de su nómina que sirve para ayudar al Estado a pagar la pensión de sus abuelos, el empleado que no sabe cuál será su futuro dentro de diez años, el trabajador de cincuenta años que ve como se eclipsan las buenas prejubilaciones de las que disfrutaron los trabajadores de bancos y grandes empresas, el trabajador de sesenta que teme un cambio de normas a última hora que le alargue la jubilación algunos años más, y, al final de la fila, el jubilado que no acaba de estar seguro que le paguen la actual pensión durante muchos años (si no fallan las “pastillas” debería seguir cobrando su pensión durante muchos años).
¿La escena da miedo verdad? 
¿No les parece que la escena describe con bastante realidad nuestro entorno?.
Se acercan elecciones. Los políticos de derechas esperan ganar votos prometiendo subsidios, mano dura con los inmigrantes y menos impuestos (al menos para las sociedades, los más ricos y los trabajadores cualificados en lo alto de los escalafones).
Los políticos de izquierda dicen que si no acogemos cada vez más inmigrantes, no se suben los impuestos (a todo el que no pueda eludirlos) y no se gasta más en medidas sociales NO se podrán pagar las pensiones futuras, que quieren que sean de al menos 1000€ para los más desfavorecidos.
La realidad es que la actual mejora de la economía está frenando el crecimiento del déficit de la Seguridad Social, sin rebajarlo, de momento. Se está ganando tiempo mientras rezamos para que no venga otra recesión que podría causar verdaderos estragos en la endeudada España.
Parece cierto que el número de personas que viven en la pobreza ha disminuido a menos del 10% de la población. Nunca en la historia ha habido tan pocas personas realmente pobres, pero se da la paradoja de que, al mismo tiempo, en todos los países la desigualdad ha crecido. Hay dos tendencias opuestas en marcha. El problema es que no solo se está produciendo un aumento de la desigualdad de renta, sino que también crece la desigualdad inflacionaria.
Los pensionistas hace más de un año que se manifiestan por las calles (más en Bilbao que en ninguna otra ciudad. Los pensionistas, cada vez más numerosos en España quieren su parte del pastel, y parece que todo lo que han conseguido hasta ahora es que las pensiones se vuelvan a revalorizar al mismo ritmo que lo hace el IPC. ¡Contentos y engañados!.
¿Porque digo eso? Porque se nos vende que este cambio de política (que las pensiones se vuelvan a revalorizar con el IPC) es un gran logro para los pensionistas cuando en realidad NO lo es tanto.
¿Se han preguntado qué significa realmente ese “logro” en su economía doméstica particular?
Por ejemplo si la pensión mínima de 600€ en 2007 se hubiera revalorizado todos los años con el IPC se hubiera convertido en 676€ en 2019 en lugar de los 642€ en que realmente cobra ese pensionista. El chocolate del loro.
¿Saben que la inflación es una estadística plutocrática?. El IPC (índice de precios al consumo) está formado por una “cesta de bienes de consumo”, y ¿saben que “quién gasta más dinero” tiene más influencia en decidir qué es lo que llena la cesta y por tanto sirve para calcular el IPC?
La metodología del cálculo pueden leerla aquí, pero prueben a buscar en la web del INE la composición/ponderación de la “cesta de productos-servicios” que supuestamente usan para calcular el IPC. En lugar de ser un dato (Clasificación ECOICOP y Enlaces con la COPICOP-IPC) fácilmente accesible, como debería ser, tendrán que sudar mucho, si es que llegan a encontrarlo. Pasa algo similar a lo que ocurre con los “datos brutos” para calcular las “balanzas fiscales territoriales”… el Gobierno NO las publica desde hace muchos años y así nadie puede valorar como correctas o incorrectas las valoraciones que en cada momento decide hacer. Una cosa es lo que “se nos dice que es” pero la falta de transparencia da pie a que puedan mantenernos “engañados”.
Eso significa que en la mayoría de los países el índice IPC refleja los usos de consumo de la “clase media alta”, NO los de la mayoría de la población. 
Si usted pertenece a una familia de renta baja o mediana, ¡Calcule en qué cosas realmente gasta su familia su dinero! Los bancos ayudan a que lo sepamos porque nos ofrecen tablas y gráficos para que nos sea fácil conocer en que nos gastamos nuestro dinero.
Comprobará que las categorías mas importantes en las que se engloban sus gastos suelen ser alimentos, energía y vivienda. Si son mayores, también en asistencia médica. Los impuestos indirectos y los directos (locales, autonómicos, nacionales, etc) también representan un buen porcentaje.
¿Saben que esos son los componentes de la inflación que mas han subido en los últimos 25 años?. 
El hecho es que para el 75% de la población nuestros gastos anuales han subido bastante más que la inflación oficial medida por el IPC. La diferencia es bastante mayor para los jubilados que se supone que además tienen algunos ahorros (si no los tienen lo pasarán todavía peor) que les rentan menos que la inflación y colaboran a que pierdan poder adquisitivo.
Durante mucho tiempo, la diferencia entre la “inflación familiar” y el IPC, no fue un problema social o político, porque hasta 2008 teníamos “crédito fácil”. Eso creó una sensación falsa de igualdad en el consumo puesto que mucha gente que no tenía dinero podía comprarse a crédito el mismo coche/casa/paquete vacacional, etc. que quienes podían pagarlo en efectivo. El crédito nos permitió ilusoriamente usar nuestro nivel de vida de mañana para mejorar nuestro nivel de vida hoy y nos olvidamos de como se comportaba la gente antes de esos tiempos gloriosos (primero ahorcan y cuando tenían el capital necesario, daban la entrada para un pisito, se compraban un electrodoméstico o se iban de vacaciones a donde sus ahorros les permitían. Deudas las mínimas)
El problema vino cuando el hechizo se deshizo y se interrumpió el crédito. ¡Estalló la crisis!. Los bancos y principalmente las “Cajas” dejaron de dar créditos sin comprobar la capacidad de retorno. Quienes, hace unos años, compraron a crédito bienes de consumo y llevaron un tren de vida por encima de sus posibilidades, ahora siguen teniendo el mismo coche/casa/equipamiento, etc, ya viejo o muy viejo y rezan para que no se rompa nada. Quienes primero ahorraron y compraron en efectivo o con el mínimo crédito, hoy se pueden comprar un bien de consumo nuevo más barato y con mejores prestaciones o simplemente tienen un mejor grado de libertad económica.
Par acabar de apuntillar al herido, el Gobierno sigue ayudando a hundir más en la miseria a esas personas si obliga a cambiar por ley el vehículo (eliminación de diesel y posteriormente gasolina), a realizar “embellecimientos innecesarios en las fachadas de todos los edificios”, si sigue poniendo “impuestos al sol” para que tengamos que consumir obligatoriamente a las compañías su cara energía, si sigue impidiendo usar redes WiFi públicas o semi-privadas en los edificios, etc.
En términos medioambientales, estamos haciendo lo mismo: pedir prestados recursos futuros para mejorar nuestro nivel de vida hoy. Si solo utilizáramos recursos renovables, nuestro nivel de vida se reduciría en una tercera parte. Si quemo un barril de petróleo hoy, no voy a poder quemarlo mañana. Para 2030, la mitad de nuestro nivel de vida será un crédito medioambiental prestado del futuro. Por otra parte si decidimos utilizar solo recursos renovables, nuestro nivel de vida en 2030 será un 50% inferior a menos que las cosas cambien. Hay que decidir ¿qué es lo que realmente queremos?, ¿qué estamos dispuestos a hacer?, ¿cuánto estamos dispuestos a sacrificarnos y a ¿que estamos dispuestos a renunciar para conseguirlo?
Nuestros políticos tienen grandes desafíos que resolver. El crecimiento nominal del PIB [PIB más inflación] no ha sido tan bueno como se vanaglorian los políticos que han gobernado España durante los años postcrisis. El problema es que la deuda española también es nominal, por lo que la ratio PIB-deuda se reduce muy despacio. 
Tampoco nadie nos cuenta que en los últimos años el desempleo ha caído porque mucha gente joven (la mejor formada y capaz de generar valor añadido) se ha marchado del país a otras regiones donde les han dado la oportunidad de desarrollar sus carreras o al menos les han ofrecido un puesto de trabajo mejor del que podían conseguir en España. 
Los cambios futuros en la economía mundial van a exigir un capital humano bien formado y flexible. El hecho de que mucha gente joven, con talento y bien formada, se haya marchado de España sin que puedan “retornar” parte de los recursos que el país ha invertido en ellos, no es una señal positiva.
Podríamos seguir hablando de temas importantes para los que los políticos deberían trabajar en busca de soluciones y mejoras, en lugar de hacer viajes de postureo, discursos y promesas incumplibles, pero claro, parece que nos esperan 30 años de populismo. Ellos se gritan, insultan, nos mienten descaradamente, malversan recursos públicos, mientras nosotros discutimos los unos con los otros atrincherándonos en bandos que no nos llevan a nada bueno.

viernes, 1 de febrero de 2019

¿Cuándo dejaremos de obviar lo relevante?

Hace tiempo que he perdido la cuenta de las veces que se habla de la tendencia sexual sospechada de quien no está presente, como si el tema fuera de interés general. 
También he perdido la cuenta de las veces en que los medios de comunicación criminalizan globalmente ciertos colectivos poniendo repetidamente ejemplos de actuaciones incorrectas de algunos de sus miembros y no mencionando ninguna de las actuaciones incorrectas cometidos por miembros de otros colectivos. Lo primero es noticia permanente y lo segundo no es nunca noticia, ni se llevan estadísticas.
No me importa en absoluto si mis amigos/conocidos son LGTBIetc., si son ateos o religiosos, ni de que partido político son, ni si son zurdos o diestros, ni que deporte les gusta ni decenas de otros chismorreos.
No abandero la causa de los diferentes colectivos de moda en los medios de comunicación, ni creo que deba estar nadie orgulloso de ser gay, ni de ser hetero, ni de ser mujer, ni hombre. Cada uno somos lo que somos y hacemos lo que queremos en la intimidad. En cambio, sí valoro y aprecio las cualidades de mis amigos y algunos conocidos porque son majos, divertidos, nobles, dialogantes, fiables, exigentes consigo mismos y con los demás, etc… Como sabemos lo que pensamos, somos responsables de nuestros actos, educados con los demás y nos respetamos, no hemos tenido nunca problemas en nuestra relación.
Para mí, más que el colectivo al que pertenece cada persona, el color de su piel o sus simpatías políticas o religiosas, lo importante son sus valores, la eficacia con la que realiza su trabajo, la corrección con la que se comporta en sociedad, etc. Si alguien es un chapuzas, un incompetente, un corrupto, un irresponsable, etc., lo que menos importa es si es hombre o mujer, si es gay o hetero o si es religioso o ateo. 

Hace tiempo que nos hemos instalado en el reino de la mediocridad. Cada vez los objetivos de los ciudadanos y de los políticos son menos ambiciosos y más cortoplacistas. Nuestros políticos no son capaces de ilusionar, porque nos causan la sensación de que solo trabajan para conseguir nuestro voto y mantenerse en el poder. ¡Eso es terrible!. Terrible por ser tan cierto y tan graves las repercusiones que sus procederes tienen en nuestras vidas. Una persona sin ilusiones se convierte en un paria social y no hará ningún esfuerzo. ¿Para qué? Se dejará llevar por la inercia cotidiana y su aportación a sus intereses, su familia y la sociedad en la que vive será una birria.
A nivel personal, el mayor peligro no radica en que nos establezcamos unos objetivos demasiado altos y fracasemos, sino en establecer unos objetivos demasiado bajos, y los logremos fácilmente.
Los medios de comunicación nos suelen contar que en otros países hay menos corrupción, más solidaridad, mejores empresas y empresarios que pagan salarios más altos que los nuestros, etc. Tal vez sean exageraciones publicitarias, pero no estaría mal que nos las pusiéramos como objetivos a conseguir. Que pensáramos que todos, nuestros dirigentes y empresarios a la cabeza, pero también cada uno de nosotros, deberíamos hacer un esfuerzo muy serio para alcanzar ese nivel que admiramos, deseamos o envidiamos en otros países, comunidades o personas. Si alguien monta una empresa, asociación o partido político y lo publicita como un "grupo de amiguetes que hacen lo que pueden para pillar lo que puedan", nuestra única aspiración sería formar parte del “grupo de amiguetes” para que nos toque algo, aunque sean las migajas del pastel. La responsabilidad siempre será nuestra, pero si el entorno es exigente, influirá para mejor en nuestro comportamiento personal que si el ambiente es laxo, sucio, irresponsable, irrespetuoso con la propiedad privada o el cumplimiento de la ley.
Creo que educar a los hijos es más difícil hoy en día que en el siglo pasado porque el ambiente está lleno de exigencias y de derechos. Todos queremos tener derecho a “todo” solo por el hecho de vivir en este país, aunque no hayamos hecho nada para merecerlo, ni estemos dispuestos a asumir ningún deber o responsabilidad social para posibilitar el mantenimiento del estado de bienestar. Estamos rodeados de demasiadas “demandas” y demasiada “discriminación inversa”. Leonardo da Vinci escribía como reflejando su letra en un espejo. Así es, con frecuencia, la discriminación inversa. 
Hace pocos días una chica mató a su marido a cuchilladas. La noticia apareció pequeñita y no se repitió más veces, como suele suceder con todos los asesinatos calificados “de género”. Queda una sensación como si ese asesinato no contara y no interesara divulgarlo. Si hubiera sido al revés, hubiera abierto telediarios y se hubiera repetido varios días en las noticias. Los medios, en vez de decir que “un bestia ha matado a su mujer o que una bestia ha matado a su marido", lo “cocinan” y lo difunden de diferente forma dependiendo del cual sea el agresor. Eso no muestra equilibrio ni igualdad en el tratamiento de la información.
Hace años que diferentes colectivos “exigen la paridad de género”. Se ha legislado al respecto. Aún así no he encontrado a nadie que explique algo tan simple como ¿por qué es mejor un “Consejo” (de Ministros, de dirección, etc.) formado con un 50% de mujeres que otro con un 90% de mujeres u otro con un 90% de hombres? Si la contestación es: "Porque esas señoras son lo mejor que había en el mercado laboral y ya tenían antes fama de muy buenas profesionales", me parecería fantástico. Si es solo porque tienen sexo femenino y hay que cumplir una ley impuesta por un grupo de poder, me parecería una estupidez. Y, peor aún, un insulto a las mujeres, porque muchos, cuando las ven en esos cargos de responsabilidad, lo primero que se preguntan es si las han elegido por lo de la “paridad” o porqué son las mejores entre las “personas” disponibles.
A modo de ejemplo, supongamos que a un trabajo se presentan ocho hombres brillantes y ocho mujeres mediocres (no porqué los hombres tengan más inteligencia innata, que todos sabemos que no es cierto; sino tal vez, porqué han tenido más oportunidades de formarse, más oportunidades de acumular experiencia, etc), para cubrir cuatro puestos, y eligen a cuatro de los ocho hombres brillantes, los medios dirán que no ha habido igualdad de oportunidades porque no han escogido al menos a dos mujeres.
Tan malo es taponar, por prejuicios, a quien merece más, como ensalzar, también por prejuicios, a quien no lo merece. Pero vivimos en el tiempo de la tontería, de los ofendiditos cargados de derechos, de hablar generalizando sin analizar concretamente cada tema concreto teniendo en cuenta lo verdaderamente relevante. Vivimos en el tiempo en el que hay que subvencionar el fútbol femenino porque es injusto que no tenga los mismos medios que el masculino. Los demás deportes, tanto femeninos como masculinos no cuentan. Imaginan que en el futuro se decidiera que si en un examen un alumno saca un diez y otro un cuatro, se le ponga a los dos un siete porque hay que fomentar la igualdad, aunque sea de forma malentendida y produzca, en ocasiones, efectos nefastos.
Todos podemos emocionarnos, divertirnos o incluso emocionarnos viendo 'Campeones'. Aún así, nunca recomendaría a los protagonistas para que jugaran en la NBA, lo mismo que yo no tengo derecho a participar en los Juegos Olímpicos ni siquiera en un campeonato profesional de baile. Y si saliera una ley diciendo que los señores de más de 60 años nacidos en Catalunya si pueden hacerlo y que se hará una auditoría de las “Federaciones” correspondientes para comprobar que estamos inscritos yo y otros como yo y, si no lo estamos, que la Federación diga qué medidas va a tomar para reparar en el menor tiempo posible ese fallo, consideraré que, una vez más, algún tonto ha hecho una solemne tontería. 
En nuestro entorno reina la vulgaridad, la ordinariez y el analfabetismo, porque aunque cualquier niño (nacidos digitales) sea capaz de aporrear la pantalla de un movil, tablet o las teclas de un ordenador y consigan sonidos e imágenes, demasiado veces no saben que hacer con lo conseguido, más que “consumir” sensaciones y seguir consumiendo.
Personalmente pienso que lo importante es conseguir una verdadera igualdad ante la ley e igualdad de oportunidades para todos; y no confundirla con “igualdad de resultados” que dependerá de las aspiraciones, inteligencia y desempeño de cada uno en particular.
Algunos nos quieren convertir la vida en una competición para que nos matemos entre nosotros. Lo importante es que cada cual viva su vida sin intromisiones ajenas y sin mirar con envidia cómo le va al de al lado. Nadie está obligado a superar a nadie y tampoco el triunfo del prójimo debería provocarle sufrimiento. Lo que si deberíamos intentar todos es superarnos continuamente a nosotros mismos en las tareas que emprendamos.
Sé que los tiempos cambian, como lo han hecho siempre, y que los que ahora mandan y “diseñan el sistema” no les importa lo más mínimo mi opinión. Eso no quita que pueda expresarla, sobre todo en mi casa y en los foros en los que participo, para que, por lo menos, la epidemia de imbecilidad no contamine a mi entorno más próximo.

jueves, 6 de diciembre de 2018

El invierno del descontento llegó a la política

Hace tiempo que los políticos tienen miedo de que las multinacionales anónimas u otras culturas hegemónicas les arrebten el poder. La ciudadanía está descontenta porque, a pesar de que la creación de riqueza no había sido nunca tan grande, cada vez hay más desigualdad. Todos estamos descontentos: los que reciben ayudas porqué nunca han sido suficientes y además las ven menguar cada día y las clases medias porqué la fiscalidad abusiva les asfixia y encima no les garantiza un estado del bienestar al que habían y están contribuyendo con su esfuerzo impositivo. Buena parte de la ciudadanía ve a los políticos como el mayor problema de todo lo malo que les pasa y piensa que no cumplen con su palabra, son deshonestos, no predican con el ejemplo y actúan irresponsablemente.
En este invierno del descontento, crecen los movimientos populistas que no han demostrado nada y prometen todo. Cada uno de estos movimientos tiene su propia raíz cultural y comparte un nacionalismo que consideran incompatible con la cesión de competencias a las institu­ciones europeas. ¿Qué es el Brexit sino un rechazo y un miedo a perder la singularidad británica? La gente tiene miedo a perder identidad, patrimonio y bienestar.
El “América primero” de Donald Trump es un nacionalismo de Estado hasta las últimas consecuencias, un supremacismo que levanta fronteras físicas, culturales y políticas contra quienes vienen de fuera, dándose la paradoja de que si algo ha distinguido la historia de Estados Unidos ha sido su mezcla de razas, creencias y culturas que la han convertido en una gran nación. La gran diferencia es que en su momento estos inmigrantes, tanto en América como en Catalunya no venían para aprovecharse de ningún “bienestar social” (no existía ni siquiera el concepto) a cambio de nada. Las personas emigraban de su país de origen  para alcanzar, en el país de destino, un mejor nivel de vida con su esfuerzo y sacrificio. Sólo recibían empleo y con su trabajo mejoraban su calidad de vida y ayudaban a mejorar el bienestar y la riqueza de los autóctonos. Los dos ganaban: los inmigrantes y también los ciudadanos que los acogían en su tierra. Piensen en la diferencia con la situación actualen que lejos de crear más riqueza se aspira a repartir la pobreza.
Lo que es más relevante, con el desembarco de partidos extremistas o de facciones igualmente extremistas aunque semiocultas al estar diluidas en el seno de algunos partidos, es la introducción de un discurso que contamina el debate público y que se puede concretar en un rechazo al inmigrante, un antieuropeísmo sin complejos, la defensa de deportes o diversiones cruentas, la eliminación de las autonomías y sus televisiones y la revocación de medidas sociales que han beneficiado a la mayoría de ciudadanos durante las ultimas décadas.
El “éxito” de la extrema derecha, y también de la extrema izquierda y de grupos antisistema, nos tendría que preocupar a todos porqué plantean una batalla que intenta destruir el alma europea.
Cualquier partido democrático que, para obtener el poder político, se avenga a pactar con cualquiera de estos partidos extremistas o antisistema (en Catalunya se sabe de esto) tendrá que incorporar, de alguna manera, el mensaje político de estas formaciones.
Por otra parte, incitar a que la ciudadanía salga a la calle para protestar porque los partidos extremistas o antisistema hayan obtenido representación parlamentaria, debido a que han obtenido suficientes votos en unas elecciones democráticas, me parece una gran irresponsabilidad. A estos partidos extremistas y antisistema no se les debería combatir con manifestaciones ni con griterío en las tertulias sino con “propuestas serias, justas y factibles” para evitar la radicalización que se está produciendo en todos los países europeos. 
Si no se trabaja bien, si no se cumplen las promesas electorales, si no se facilita la creación de riqueza antes de repartirla, si no se es valiente y se explican las decisiones y se aplican con valentía, aunque puedan ser difíciles de asumir, para evitar males mayores, si no se trata a la población como adultos responsables… tarde o temprano surgen populistas “salvadores de la patria” que en realidad destruyen bienestar. Tras  demasiados años con mentiras, incompetencias, abusos de poder para beneficiarse con corrupción institucional, despilfarro a mansalva con fondos públicos hasta llevarnos a una deuda insostenible, etc. ¿les extraña lo que pasa en los poderes del Estado?
 Los partidos que en cada votación pierden miles de votos y al­gunos escaños, desde las izquierdas hasta la derecha, deberían reflexionar por qué han retrocedido ante el avance espectacular de otros partidos populistas, xenófogos o antisistema. Están en juego la convivencia, las libertades y nuestro sistema democrático.