jueves, 25 de abril de 2019

¿Qué es peor, DESIGUALDAD o POBREZA?

¿Saben que Singapur es una sociedad mucho más desigual que España? ¿Saben que tiene una renta per capita mayor para todos los quintiles de la distribución de la renta?. En Singapur también hay pobres y ricos, pero “sus pobres” (muchos menos en porcentaje) son mucho menos pobres que “nuestros pobres”.
Los españoles nos enorgullecemos de ser muy solidarios y acogedores, sin embargo olvidamos que el objetivo primordial de cualquier persona preocupada por el bienestar ajeno debería ser el de incrementar los ingresos del conjunto de la población, no el de reducir los diferenciales entre esos ingresos. El bienestar de un individuo sabemos que sí está estrechamente relacionado con su nivel de renta: a mayor renta, mejor alimentación, mejor sanidad, mejor educación, mayor tiempo de ocio, etc.; El bienestar de las personas no debería guardar relación alguna con el grado de desigualdad de la sociedad en la que residen pero si lo hace. ¿Será porqué la “envidia” nos hace codiciar lo ajeno y en lugar de trabajar para superarnos, nos enfada que nuestro vecino tenga mas “XXX” que nosotros.
La evidencia apunta a que la desigualdad no perjudica al crecimiento económico y, por consiguiente, al aumento de los ingresos de todas las personas. Por ello, resulta claramente preferible una sociedad de rentas desigualmente elevadas a una sociedad de ingresos igualmente míseros. La política económica prioritaria debería ser la de relanzar el crecimiento económico inclusivo (un crecimiento que nos beneficie a todos, aunque lo haga en proporciones desiguales), no la de redistribuir la renta cada vez más mínima. Y esto no se consigue por decreto ley.
El principal problema económico al que se enfrenta una sociedad no es la desigualdad sino la pobreza. Es decir, el desempleo y el subempleo; los salarios estancados; el sobreendeudamiento familiar; la obsolescencia del capital humano en relación con las necesidades del mercado; el encarecimiento de los alquileres y del restante coste de la vida, etc. Todos ellos son factores que nos empobrecen y, sobre todo, que mantienen en la pobreza a una parte de los ciudadanos, pero no son factores que necesariamente generen desigualdad. Estos factores deberían evolucionar a mejor (más empleo; salarios crecientes; coste de la vida decreciente…), de tal manera que el conjunto de los ciudadanos se enriqueciera, pero ese enriquecimiento podría a su vez distribuirse de manera desigualitaria (de modo que unos se enriquecerían más que otros). Desde un punto de vista económico y social lo ideal es reducir la pobreza en lugar de empobrecer a la clase media para que todos seamos más igualmente pobres. Recordemos que las guerras o las epidemias devastan a toda la sociedad y sin embargo aumentan la igualdad.
La desigualdad se reduce si se crea empleo aunque no sea de optima calidad. Lo que no ayuda a reducir la pobreza es tomar medidas regresivas que además aumentan la desigualdad, como: 
-Aumento generalizado de las pensiones (los pensionistas son en términos medios el colectivo que ha mantenido su poder adquisitivo durante la crisis (a los pensionistas se les ha subido un poquito y a los trabajadores se les ha bajado mucho), de modo que aumentar sus ingresos a costa del resto de la población aumenta la desigualdad); 
-Incremento del salario mínimo y de las regulaciones laborales (que contribuyen a destruir empleo y por tanto a aumentar la desigualdad); 
-Aumentar los ingresos de los empleados públicos (al hallarse estos en la parte alta de la distribución de la renta, concentrar más renta en sus manos hace crecer la desigualdad), sin contar a los empleados públicos de libre designación que cobran mucho y producen poco; 
-Converger hacia el promedio de recaudación de la Unión Europea (lo que supone introducir figuras fiscales más regresivas dentro del sistema fiscal español), 
-Gratuidad del primer año de las matrículas universitarias (que supone transferir ingresos del conjunto de los contribuyentes no solo a los hijos de familias pobres sino también de familias de renta alta).
-etc.
Se que leer esto no habrá sido agradable para muchos. Se que a todos nos gusta recibir “regalos” o que nos “traten favorablemente” y por ello cuando algún político nos dice que nos tratará favorablemente o nos regalará algo nos alegra el día; pero deberíamos recordar que "el que regala y bien vende el que lo toma lo entiende” y pensar que recibir “prebendas” (injustas para los que tienen que pagarlas y no se benefician de las mismas) no resolverá nuestro problema de fondo: la pobreza.
Si queremos ser justos deberíamos entender que el principal problema de los españoles NO es la desigualdad y que cebar el tamaño del Estado a costa de la clase media, solo significará más poder para los políticos y menos para los ciudadanos, y no ayudará a reducir la desigualdad sino todo lo contrario. El Estado debería facilitar que los ciudadanos puedan ganarse la vida dignamente y no convertirse en un mal empresario en todas las facetas de la vida, fomentando el enchufismo y el despilfarro improductivo. Algunos insisten en que se crea riqueza de sobra pero se reparte injustamente. Es cierto que se crea riqueza, menos de lo que sería ideal, y que se puede repartir más justamente. Habría que empezar por eliminar muchos políticos insuficientemente preparados, algunos corruptos, burócratas, lobistas y resto de vagos y parásitos subvencionados con carné, a costa del expolio generalizado de quienes se desloman trabajando y se sacrifican ahorrando.
Quieren hacernos creer que la virtud es un vicio, que la aplicación, el esfuerzo y la austeridad generan envidias y desigualdades intolerables, pues nadie debe sobresalir de la mediocridad y hay que igualar por abajo, pero no es cierto. Las perversas sanguijuelas políticas que se nutren de provocar malestar y enfrentamiento también provocan diferencias y causan desigualdades.
Cuando se respeta el fruto del trabajo de las personas más honradas y diligentes sin arrebatárselo ni esclavizarlas, todo el mundo trata de emularlas y el éxito se generaliza en un entorno de sinergia, colaboración, mutuo apoyo, felicidad y recompensa. La fórmula es bien sencilla: escrupuloso respeto a las personas y a sus creaciones, a su propiedad, mediante iguales normas simétricas para todos sin ninguna clase de privilegio o discriminación falsamente positiva. Así es más probable que la riqueza general se dispare y se reduzca la desigualdad material, pues por un proceso de simple ejemplaridad e imitación, la sociedad tendería a homogeneizarse en la prosperidad de manera espontánea. Por el contrario, si nos afamamos deliberadamente en dividir la sociedad en ricos y pobres, solo conseguiremos un autosostenido círculo vicioso de rencillas y odios. 
Todos los que interfieren los acuerdos libres y voluntarios, frustran beneficiosos negocios para todos generando monopolios abusivos en exclusivo beneficio de unos pocos relativamente favorecidos por el poder, que, en medio de un empobrecimiento general, y merced a dicho monopolio logran vivir mejor que el resto. Al destruir los precios de libre mercado, eliminan la información indispensable para una eficaz coordinación productiva. Al confiscar buena parte de las ganancias, desincentivan el empeño y la laboriosidad, pero estimulan la molicie y la dependencia; al baremar méritos y ponderar derechos en función de clases e identidades colectivas y no de responsabilidades personales, nos retrotraen a épocas oscuras que parecían superadas pero a la vista está que no lo están en absoluto. Toda esa maldad está perfectamente estudiada y diseñada a fin de causar agravios, miseria y malestar de la que culpar a otros, a los chivos expiatorios oficiales -utilizando el control de medios y el totalitarismo de la corrección política- para justificar renovadas intervenciones que sostengan el malestar y sus poltronas, porque ellos sí que viven muy bien con sueldos astronómicos y prebendas variadas mientras los demás cada vez hemos de trabajar más, ahorrar y aguantar calificativos de insolidarios, para que ellos se lo gasten alegremente.
Lamentablemente, muchos políticos no han trabajado en su via en el sector privado y no tienen ni idea de cómo crear riqueza. En cambio, saben perfectamente cómo meter la mano en el bolsillo de los trabajadores de las clases medias en busca de “recursos” y, para ello, no dejan de inventar argumentos más o menos ramplones o torticeros. No tienen ningún escrúpulo en mentir, no se rinden ante la evidencia y aman tanto a los pobres que no cejan de aumentar su número para expandir su amor fraterno.
Si atendemos a las finanzas personales que declaran, demasiados políticos no saben nada acerca de la riqueza y por tanto son incapaces de establecer las bases para crearla y para que ésta empape y mejore las condiciones de todos los ciudadanos. Desgraciadamente son expertos en “buscar recursos” que otros han generado con su esfuerzo, dilapidarlos y repartírselos entre sus amigos próximos. Si este proceder se probara en ciudadanos normales seguramente irían a la cárcel por ladrones o serían despedidos de su trabajo por inútiles. Pero se han metido en política y lo enmascaran con el manto legal de la cosa publica. Como se da el caso de que somos un país con mucho vago, envidioso y poca formación económica, las palabras de estos aprovechados caen en terreno abonado y hacen las delicias de muchos que ya se ven viviendo a costa del sudor ajeno.
Después de haber metido el sobre en la urna, los políticos se aprestan a repartirse las poltronas y a ver que pueden con su cargo. Lo prometido queda rápidamente olvidado y los ciudadanos con un palmo de narices, no les queda otra que lamentarse y volver a preocuparse por lo suyo. 
Ya lo dicen, el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra y es que no aprendemos… Recuérdenlo el domingo que viene.

domingo, 21 de abril de 2019

La semana que viene… Debates electorales en las TV

La semana próxima, algunas TV nos obsequiarán con programas que llaman debates electorales. Tal vez nos hablarán sobre el fraude fiscal, la insuficiente productividad, la estructura del PIB sustentado en bajo valor añadido, la insostenibilidad de la deuda pública y de los compromisos de déficit que el nuevo gobierno habrá que cumplir si o si porqué lo impondrá la UE…. Mucho me temo que NO va a ser así. Más bien supongo que en lugar de Programas, propuestas y argumentaciones sobre política económica, fiscal, empleo, social, estado del bienestar, pensiones e igualdad y regeneración democrática nos machacarán con descalificaciones cruzadas e insultos a los que no están representados en el debate.
Dado que los “convencidos” ya saben a quién votarán y que para ayudar a que los indecisos o escépticos se decidan a ir a votar estos debates sirven poco, se podrían ahorrar estas emisiones y todos los minutos que ya llevan hablando de ellos los últimos días.

Como todos sabemos que para excitar los sentimientos de los ciudadanos los partidos políticos ya tienen los mítines, la propaganda electoral y multitud de sondeos precocinados, a mi me gustaría ver dos Grupos de “programas electorales”:

1er. grupo de programas sobre el “pasado reciente”.

El conductor del programa leería preguntas formuladas por todos los medios que quisieran formularlas, los representantes de los grupos políticos en el Parlamento saliente las responderían y un “sistema de Inteligencia Artificial” valoraría la veracidad de las respuestas y si cumplieron con las propuestas electorales que hicieron antes de ser elegidos. El sistema de IA daría una nota a cada participante. Los televidentes y escuchantes tendrían más claro quién gana o pierde el debate y la credibilidad de cada cual.

2º grupo de programas sobre las “Propuestas para el futuro”.

Participarían en el debate varias ternas representando cada una de ellas a cada una de las diferentes formaciones políticas que se presentarán a las próximas elecciones. Se formularían, a cada terna, las preguntas de los medios y de los ciudadanos y deberían explicar cómo y con que medios pensaban ejecutar sus programas. Un “Sistema de IA” analizaría la posibilidad de cumplimiento y detectaría posibles incongruencias.

¿Que les parece a ustedes?

lunes, 8 de abril de 2019

BREXIT, Catexit,... ¿Son galgos o podencos?

El Brexit responde a un movimiento supremacista y nacionalista de las élites conservadoras británicas que han influido en Europa y en el mundo durante más de dos siglos. Son una minoría que ha estudiado en las mejores escuelas y univer­sidades, es viajada, bien conectada entre ellos y con trabajo asegurado tanto si se dedican a la política, a las finanzas, al periodismo o a la empresa. Muchos pueden vivir de renta. Son cultos y hablan inglés académico y elitista.

Hay que abandonar la esperanza de que Gran Bretaña se comporte como un socio fiable de una Unión Europea que no puede controlar pero sí dividir y fragmentar, como siempre, para el servicio de sus propios intereses. 
Es lógico que la paciencia se vaya agotando en las instituciones europeas y que se exija a los británicos qué quieren exactamente, porque ni ellos, con las inacabables y lúcidas discusiones en la Cámara de los ­Comunes, acaban de ponerse de acuerdo.
Es insólito que un pueblo que pone por delante sus intereses, su sentido práctico de la vida y de la política, se encuentre ahora en un callejón sin salida que mantiene en vilo a las democracias liberales.
Todos los altos funcionarios de Bruselas admiten que los británicos son excelentes funcionarios y saben cómo administrar sus intereses en debates abiertos y civilizados.
Los sucesivos gobiernos de Londres no entraron en el euro ni tampoco en la libertad de fronteras establecida en el tratado de Schengen. Han estado en Europa a la carta, como han querido, se les han permitido todos sus caprichos y peticiones. Pensaban que la City seguiría siendo hegemónica y que el BCE, con sede en Frankfurt, no constituiría una amenaza al centro financiero de Londres.
La prensa popular, con millones de ejemplares vendidos, y los diarios de más calidad, a excepción del Financial Times, pusieron la proa contra Bruselas desde el comienzo. Sin embargo, la mayoría de los primeros mi­nistros británicos se han estrellado en los arrecifes de Europa.
Cameron no cumplió su promesa electoral de limitar la inmigración y tuvo la ocurrencia de convocar un referéndum. Pensaba que lo ganaría como el de Escocia y no contó con las sutiles y sibilinas prácticas de sus correligionarios, que recurrieron a mentiras gruesas para convencer a una mayoría de británicos de que la Pompa y circunstancia era acatada por todo el mundo.
Para convencer a casi un 52% de los británicos de la necesidad del Brexit no fueron a las ciudades y a los centros de la modernidad. Acudieron a la vieja Inglaterra, conservadora y rural, miedosa del futuro, nacionalista y tradicionalista, populista y puritana, más pobre también, exhausta y vencida de las guerras que ganó.
Los ingleses nunca han querido formar una familia europea y dotarla de una estructura bajo la que podamos todos prosperar en paz, en seguridad y en libertad. Nunca han querido ayudar a construir algo parecido a los Estados Unidos de Europa, ni siquiera para conseguir mantener a los americanos dentro, a los soviéticos fuera, y a los alemanes abajo. Los ingleses se siguen creyendo superiores a los continentales, sin querer admitir que las relaciones de poder han cambiado, que USA tiene otros socios y otros competidores más allá de Europa, que sus antiguas colonias en Asia miran más hacia la Asia Emergente que a la antigua Inglaterra y que por si solos ya no pueden seguir imponiendo su ley aprovechándose del gran mercado europeo sin corresponder con las ayudas pertinentes.
"LOS DOS CONEJOS" - Tomas de Iriarte .
Europa debería dar un paso hacia el futuro. Estamos anclados en las disputas de los siglos XVII y XVIII sobre las naciones y estados que forman Europa. Ahora, la pregunta podría ser: que países, regiones, naciones o estados quieren formar parte de una Federación Europea en la que la soberanía no resida en ningún antiguo pueblo europeo sino en los europeos, con un gobierno federal, leyes fiscales comunes, ejército común, impuestos a empresas comunes, sin paraísos fiscales internos y las mismas oportunidades sociales para todos sus ciudadanos. No me parece lógico que no comprendamos que los pequeños estado europeos, y me refiero a Alemania también, van a tener voz en el mundo actual. Cómo podemos fomentar un mundo más ético si hemos perdido la ética por disputas internas que desean volver a siglos pasados.
El continente está amenazado desde el punto de vista demográfico y, por tanto, abocado a un crecimiento lento. A medida que decaiga la cuota de Europa del PIB global, menos capacidad tendrá esta de determinar la naturaleza de las relaciones internacionales. Lo que deja a China como el candidato obvio a ocupar el espacio desalojado por Estados Unidos. Mientras Europa tiene que batallar en cien frentes, China avanza en sus alianzas, con sus proyectos de ferrocarril, su ruta de la seda, sus acuerdos con Italia (tela Italia como pasa de Europa, esto ya le pasara factura) no queremos aprender del pragmatismo y de la unión de los chinos(que duplican todo lo que inventa Silicon Valle, con su copia de Facebook controlado, su copia de Twiter , su copia de Amazon, su copia de tecnología de móviles, de WS, de satélites etc. 
China, en tanto principal socio comercial y fuente de inversión extranjera en un número creciente de países, ya posee cierta capacidad de influir en el orden económico internacional. La cuestión es ¿qué clase de orden tiene China en mente?.
Mientras, Londres sigue discutiendo con Bruselas si son galgos o podencos. El gobierno Catalán sigue haciendo algo similar a mucha menor escala con el Gobierno de España. Mientras, la ciudadanía seguimos absortos mirando nuestro ombliguito, sin ser conscientes de que estamos en un pequeño cascarón en medio de un amplísimo océano de intereses y que nos podemos ahogar en cualquier momento si no buscamos un socio-comunidad que nos permita enderezar el rumbo aleatorio con el que hace años que nos movemos.


domingo, 7 de abril de 2019

Antes de usar masivamente la inteligencia artificial hay que dotarla de responsabilidad ética

La inteligencia artificial (IA) y, en general, todas las nuevas tecnologías, son algo formidable. Son fruto de la inventiva de los seres humanos que, trabajando en red, hemos conseguido capacidades casi ilimitadas. Sirven para mejorar nuestro nivel de vida, cubrir muchas de nuestras necesidades, servir mejor a los demás…
También es cierto que los humanos, con todos nuestros defectos y debilidades, la hemos usado también para hacer cosas malas contra otros seres humanos, y contra otros seres vivos. Por ello es fundamental estudiar cómo aplicar la ética a las nuevas tecnologías.
Los problemas morales los tenemos las personas, no las máquinas ni el software. La ética ayuda a identificar los problemas, proporciona criterios para la valoración de las alternativas, para tomar la decisión mejor en cada caso y para implementarla. La ética también se preocupa de los efectos que las decisiones tienen sobre las personas. Porque los humanos aprendemos de nuestras acciones y de las de los demás… y esto nos cambia, y cambia nuestra manera de actuar. 
El diseñador, fabricante o usuario de, por ejemplo, un automóvil autónomo, debería preguntarse: ¿qué voy a hacer con él?, ¿cuál es el objeto de mi acción?, ¿qué pretendo o espero conseguir?, ¿cuál es mi intención o mi fin?, ¿qué consecuencias puede tener mi acción?, etc.
Lógicamente, esas preguntas necesitan respuestas sinceras, profundas y bien pensadas, entre otras razones porque el que se siente al volante de ese automóvil (si es que tiene volante) no tendrá mucho tiempo para hacerse esas preguntas cuando llegue el momento y menos para buscar una respuesta acertada.
El coche autónomo va a tomar, en milisegundos, decisiones por mí (su propietario/usuario), que tienen contenido ético y sin contar conmigo: cambiar de carril, elegir la velocidad, dejar pasar a otro vehículo más rápido, detenerse cuando hay un accidentado en la cuneta, hacer señales a un coche que lleva las luces largas, no respetar la limitación de velocidad…). ¿De quién será la responsabilidad ética por esas decisiones? ¿Del diseñador, fabricante, programador…, del conductor, pasajero, propietario…,? Obviamente, cada uno tendrá una responsabilidad, menos la máquina, que no puede ser responsable de nada, aunque sí trasladará la responsabilidad a otra persona, en la cadena de decisiones.
Las máquinas, los robots, la IA estará pronto técnicamente disponible: instrumentos de identificación de voz o de rasgos faciales, coches autónomos, armas que eligen sus objetivos y disparan sin preguntar al centro de control, robots cirujanos, robots que cuidan a niños, ancianos o enfermos, etc. Lo que caracteriza a esas máquinas es que recogen información y la procesan, sacan conclusiones y llevan a cabo acciones sin intervención o guía humana. Sin embargo para poder usar con mínimas garantías estos productos es imprescindible trabajar urgentemente en la elaboración de un conjunto de principios o normas éticas, que deben tener en cuenta los diseñadores y fabricantes, los que introducen esas máquinas en otros aparatos, los que las usan, los que regulan esos procesos, los que los controlan y supervisan…
  • Seguridad “razonable” del resultado, ahora y en el futuro 
  • Transparencia de los procesos 
  • Asunción de la responsabilidad de diseñadores, constructores y usuarios 
  • Alineados con valores (sociales, personales, de la empresa): dignidad, derechos humanos, libertad, diversidad cultural 
  • Privacidad en el acceso, uso y control de los datos 
  • Libertad protegida, ausencia de discriminación 
  • Abierta: beneficios compartidos 
  • Control de la capacidad futura de la IA 
  • No desestabilización de los procesos sociales y cívicos 
  • Prudencia en la planificación y gestión de los riesgos 
  • Cultura de cooperación, confianza y transparencia 
  • Evitar una carrera competitiva, con perjuicio de la seguridad 
  • Líneas rojas que no deben trasparsarse 
  • Compromiso de no desarrollar superinteligencias, si no es por ideales éticos compartidos, en beneficio de toda la humanidad 
  • No uso en la carrera de armamentos 
  • Control por los humanos: no hay inteligencia sin dirección
Hay que tener en cuenta que los principios no serán suficientes porque son generales y abstractos, no siempre se adaptan bien a las situaciones concretas y, a veces, se presentan conflictos entre principios. El ser humano (unos mejor que otros) puede entender los matices y llevar a cabo decisiones en situaciones confusas; esto se aprende a lo largo de la vida, y se va modificando con el aprendizaje. Pero el robot no puede hacer esto. Por eso, al final de todo el proceso, estará siempre la libertad y responsabilidad de la persona.
La ética no es opcional; es voluntaria y una exigencia de la excelencia. El directivo ético procura tener en cuenta todas las consecuencias relevantes de sus acciones, para los demás y para él mismo; sabe ponerse en la piel del otro, no omite la consideración de ninguna persona relevante interesada en el negocio; puede llevar a cabo una adecuada gestión del riesgo por los impactos y prácticas de la empresa; desarrolla una cultura de diálogo; se anticipa a los problemas; huye del cortoplacismo en la obtención de resultados (si le dejan sus accionistas)… Esas son las razones por las que los directivos/dirigentes deberían ser éticos: porque es la condición de excelencia: si no son éticos, no serán nunca unos excelentes directivos/dirigentes, aunque obtengan grandes beneficios y reconocimientos, porque estarán ciegos para una parte de la realidad, que es muy importante.
La empatía está en la esencia de nuestra humanidad. Sin empatía no existiríamos. Gracias a la empatía se desarrollan todas las Humanidades. Sobre todo la Ética. Porque sentimos, creemos y amamos a nuestros semejantes. Los robots hacen y harán cosas excepcionales, increíbles, y decidirán entre infinitas posibilidades. Pero, por ahora, no serán otra cosa que el producto del proceso de infinidad de datos, de programas, de ordenes que se den quizás a ellos mismos. 
¿Podremos, algún día, programar a los robots para que “sientan” empatía? Mientras ese día llega, ¿Porqué no limpiamos un poquito nuestras neuronas “espejo” y con ello podríamos ser también un poquito más éticos?
La ciencia y las técnicas avanzan cada vez más rápidamente. Por ello es urgente formar a los jóvenes como seres humanos responsables y éticos y asegurarse que aprendan a desarrollar planes consistentes, eficientes y eficaces.

jueves, 28 de marzo de 2019

El espectáculo mediático enrocado

Hay una excesiva complicidad entre los políticos y el periodismo, hasta el punto de que en muchas ocasiones la línea que separa la actividad política y el periodismo es tan fina que con frecuencia queda borrada. El periodista soldado o atrincherado en una causa política por muy legítima que sea deja de ser un referente.
Un buen periodista/medio de comunicación, si quiere ser digno de confianza por sus lectores, debería “contar las cosas como son o como han sucedido” sin añadir nunca un comentario personal ni una opinión sesgada. El buen periodismo es el más sencillo, el que cuenta, observa, describe, sin fantasías y con rigor. Es el que mejor se entiende y el que permite a la audiencia crearse una idea propia de lo que ocurre.
Lo ideal sería que no fuera necesaria la intervención de intelectuales en la vida política de un pueblo y con muchos menos salvapatrias, estrellas mediáticas, tertulianos y especialistas en temas que desconocen, improvisando y equivocándose al emitir sus opiniones, la vida pública sería más interesante.
Lo que sucede es que, para los medios (TV y Radio) es menos costoso llenar sus tiempos de emisión con una pléyade de tertulianos que si tuvieran que buscar “verdaderos expertos” en el tema para que debatieran públicamente sus argumentos. Lo ideal sería que fueran supervisados por una especie de “juez” que validara o invalidara la pertinencia o corrección de las pruebas presentadas para apoyar los diferentes argumentos. Para los receptores de los “shows” televisivos y radiofónicos también es más sencillo oír la musicalidad y verborrea de las “estrellas mediáticas” que escuchar debates de expertos debatiendo sobre temas/intereses reales y concretos, con argumentos apoyados en datos y pruebas contrastadas, esforzándose por entenderlos para poder elaborar una opinión propia sobre el tema debatido.
Los medios alargan las “representaciones” y dan vuelta a la noria, repetida y cansinamente, a los mismos temas de moda una y otra vez. Ponen el foco en lo propio y se olvidan de la interrelación entre los pueblos, con sus propias culturas y creencias. Ese periodismo atrincherado va en contra del progreso y de la libertad, y sus relatos emocionales, alejados de los hechos, son muy románticos pero efímeros y peligrosos. Suministrándonos productos emocionales basados en el sobresalto, en el escándalo o en la exageración, en vez de promover los análisis de los hechos, lo único que provocan son psicosis colectivas de simplificación.
Los políticos y dirigentes sociales siempre han tenido la opción de dirigirse a la nación para confesar sin tapujos que sus campañas (tanto en Catalunya como en UK) se habían basado en mentiras y exageraciones. Quien desvelara el engaño, masivo y continuado, o al menos confesara los grandes errores, prestaría un alto servicio a su país, pero nadie osará protagonizar tal gesta porqué el precio a pagar será verse despojado del poder y acabar en el purgatorio de los traidores. Por ello nadie asumirá sus errores, ni dimitirá, ni de un lado ni del otro. Tampoco ningún periodista rectificará ni confesará su partidismo. Nadie desde los medios públicos nos recordará que la democracia no es solo votar, sino también suspender un acto reivindicativo en forma de votación popular que tu propia policía te recomienda no celebrar. También es democracia cumplir con las normas discutidas y aprobadas en el Parlamento (siempre que no hayan sido aprobadas a la carrera y por precarias mayorías). En todo caso, hoy en día, en nuestro mundo globalizado, no hay nada más retrógrado que levantar muros o barreras para aislarse de los demás. Entre otras cosas, porque en estos tiempos parece inútil querer regresar a los compartimentos estancos, a las fronteras y a los visados, para excluir sólo lo que no nos guste.

jueves, 21 de marzo de 2019

El pensamiento motivado

Sólo aceptamos como válido lo que nos reafirma en lo que ya creemos o pensamos y por ello el “pensamiento motivado” tiene una fuerza descomunal. 
Si un experto nos dice lo contrario de lo que pensamos/creemos, por excelente que sea su currículum, aunque tenga mucho reconocimiento internacional, lo consideraremos un "vendido", un falso o un mentiroso y refutaremos todo lo que diga, sin necesidad de aportar ninguna evidencia que corrobore nuestro proceder. Lo vetaremos como amigo en las redes sociales y si compartimos algo que lleve su firma será para criticarlo/ridiculizarlo. 
Parece que los científicos han demostrado que nuestro cableado neural responde a las emociones más que a los datos. Este problema ha contribuido a facilitar el auge de los populismos, ayudados por el auge de las redes sociales, que favorecen que la propaganda, las fake news y la desinformación se expanda de manera peligrosa. 
Psicólogos y neurocientíficos saben perfectamente que los datos por muy contrastados que sean convencen menos que los mensajes emocionales. 
Llegados a una situación en la que se cuestionan las pruebas irrefutables de la ciencia, nos podemos imaginar que puede pasar en otros campos y situaciones. Por eso hay que escoger muy bien los medios que utilizamos para informarnos, y leerlos con pensamiento crítico. Muchos medios/influencers/personas regularmente nos pintan a determinados grupos o personas identificándolos con el “eje del mal”, como locos,… Nos dicen que que todo lo que dicen o hacen es malo sólo por el hecho de pertenecer a un determinado grupo, que no es el nuestro, etc., Automáticamente me pongo en guardia ante las informaciones que suministra ese periodista, medio o divulgdor. Nadie hace todo mal ni todo bien. Nadie tiene la razón absoluta y nadie debe ser privado de la libertad de expresar su opinión. Lo que si deberíamos hacer siempre es estudiar las pruebas que nos aportan, pensar y razonar, buscar las “fuentes originales” (si no las muestran o nos dicen como encontrarlas, dejo inmediatamente de leer) y contrastar con otras fuentes para tratar de averiguar si nos quieren tomar el pelo, desinformándonos para provocar una reacción determinada que favorezca sus intereses. 
A lo largo de la historia los sabios y los científicos nos han explicado sus descubrimientos que han hecho progresar nuestras sociedades (unas más que otras), pero, como no los tenemos agregados en nuestros grupos de WhatsApp, para muchas personas seguro que no serán de fiar.

martes, 19 de marzo de 2019

Necesitamos un nuevo “contrato social”

La idea de un contrato social (CS) es antigua. Aunque nunca se firmó ninguno, se considera que está implícito en muchas actuaciones de los ciudadanos y de los políticos. Se supone que en algún momento pasado de la historia de cada comunidad humana, los ciudadanos, hartos de pelearse entre sí y acabar mal, hacía un contrato para crear un Estado que se encargase de la gestión de los asuntos comunes.
El contenido de ese CS implícito puede tener una amplia gama de posibilidades, desde el mínimo para permitir una sociedad en que se pueda vivir (y, luego, que cada uno haga lo que quiera) y un máximo en el que la sociedad es un gran proyecto común, compartido, en el que todos reconocen derechos y deberes, o mejor, derechos que necesitan respetar unos deberes para que puedan cumplirse nuestros derechos; e incluso otro máximo, en que alguien (los que mandan) imponen un modelo de contrato social que todos deben cumplir, les guste o no. La misma idea de qué forma parte de nuestro CS no está definida a priori y esto puede estar en la base de las sucesivas crisis de los CS que hemos conocido
El CS va perdiendo fuerza con el tiempo, porque aparecen nuevos conflictos; porque han cambiado los circunstancias y porque ha cambiado la actitud de los ciudadanos.
En la España de los años sesenta el CS en el ámbito laboral incluía la idea de que el trabajador aportaba su trabajo, la empresa le pagaba su salario, el empleo se mantenía, el sueldo crecía un poco por encima de la inflación, si la productividad mejoraba, y así año tras año, aprovechando un tirón grande del crecimiento económico, la apertura de la economía, el aumento de la población en edad de trabajar, etc.. Cuando llegó la crisis del petróleo (1973), los costes subieron fuertemente para las empresas (precio de la energía), en un momento en el que las ventas cayeron (recesión). Los empresarios consideraron que el contrato social anterior no era viable, porque el empleo no se podía mantener; los trabajadores pensaron que los empresarios habían traicionado el CS, porque no les garantizaban el empleo ni un crecimiento de los salarios por encima de la inflación. El resultado fue malestar social, conflictos y una crisis, que se juntó a la crisis política (cambio de régimen). La solución llegó más tarde, con los Pactos de La Moncloa (1977), que establecieron unas reglas de adaptación de los salarios a la inflación, con la nueva Constitución (1978), con la reforma fiscal (principalmente del IRPF), la ampliación del estado del bienestar, un nuevo Estatuto de los Trabajadores y, finalmente, la entrada en la Unión Europea y un nuevo periodo de prosperidad. El conflicto laboral se enmarcaba en un conflicto social más amplio (recesión, inflación, cambio político, exigencias de nuevos derechos políticos, etc.), y que la solución vino por medidas laborales, pero dentro de un marco más amplio.
Con los años han variado las cosas que me preocupaban antes, y que me llevaban a tener una actitud de colaboración, de solidaridad e incluso de generosidad para con otros, ahora ya no. Ahora he reducido el ámbito de quiénes son los demás o de qué cosas de los demás me preocupan. El individualismo creciente está en el fondo de la crisis del CS vigente. La desigualdad es algo que preocupa: a unos, porque están en el lado de los perjudicados; a otros, porque pueden caer en el lado de los perjudicados, bien ellos o sus hijos. Las inmigraciones cambian el entorno en que nos movemos. El crecimiento no está asegurado, de modo que, si el futuro puede ser peor… necesito prestar más atención a mis asuntos…
La consecuencia de todo lo anterior es que… vivimos en unas sociedades menos cohesionadas, donde los CS de hace unas décadas dejan de ser válidos.
Ahora, lo primero que necesitamos es tener una idea más clara de nuestros problemas actuales, porque el nuevo CS debe ser muy amplio, verdaderamente “social” en dos sentidos: de toda la sociedad y de cada sociedad humana particular.
Ahora me preocupan: 
- La pérdida de la capacidad de crecimiento en algunos países, sobre todo avanzados y la perspectiva de menos recursos globales para hacer frente a los problemas. 
- El alto nivel de endeudamiento en algunos países: a veces, en las empresas (o sea, dificultades para sobrevivir en caso de crisis ), otras, en las familias (¿estamos dejando a nuestros hijos una carga que no podrán asumir?), otras en el Estado (¿podrá asumir las responsabilidades que vamos a delegar en él?). 
- La necesidad y temor de reducción de las prestaciones sociales (pensiones, por ejemplo): claramente, una violación del contrato social. Aunque nos siga doliendo, ya nos hemos acostumbrado a que el Estado NO cumpla la Ley de la Dependencia. 
- La globalización: algunas de nuestras ventajas se marchan a otros países, quizás más pobres, que lo necesitan más, pero… ¿a costa de nuestro bienestar y futuro personal? 
- Las desigualdades: sensación de que no se respeta la justicia social (aunque no tenemos una idea muy clara de en qué consiste). 
La tecnología, que mejora mucho nuestra calidad de vida, pero tiene costes importantes (por ejemplo, en las perspectivas del empleo); además, sus ventajas se reparten de forma desigual… 
- La sensación de pérdida de nuestra capacidad de controlar la situación: ¿podré cobrar la pensión que me prometieron? ¿Encontrará mi hijo el empleo que esperaba? Esto se combina con la abundancia de trabajos precarios, salarios bajos… 
Nuestras sociedades necesitan una reflexión seria sobre todo lo anterior, y sobre muchas más cosas. La tentación de las fake news y de las explicaciones parciales no sirve. La idea de que, si mi partido gana las próximas elecciones, todo estará resuelto, no vale: su duración es muy limitada, las victorias pueden convertirse en derrotas y, sobre todo, la solución no está en nuevas leyes o nuevos controles, porque la gente aprende cómo evitar unas y otros, porque a menudo la ley acaba en algazaras callejeras que desestabilizan a los gobiernos, y porque, aunque ganemos en las elecciones o en el referéndum  mañana tendré que volver a convivir con los perdedores… 
Más allá de un Macro-Contrato-Social-Mundial, hacen falta muchos mini-CS-parciales, en nuestro país, región, ciudad, barrio, empresa… y en lugar de ocuparse de buscar soluciones para todos estos problemas verdaderamente importantes, parece que los políticos se empeñan en perder el tiempo en colgar o quitar la colada de los balcones y las televisiones nos anestesian hsta el hastío con las mismas historias irrelevantes e interminables.
¿De qué deberían hablarnos los políticos y de que temas deberíamos debatir los ciudadanos? Pienso que sería bueno debatir y me interesaría escuchar diferentes propuestas sobre:
- Los impuestos y del gasto público: qué damos a cambio de qué (lo que es justo y lo que no). No tiene sentido decir que tengo derecho a recibir 10 si he dado 10, porque quizás mis ingresos son altos y las necesidades de otros importantes, pero sí de que haya una cierta proporción. Y, sobre todo, que, si se pide más a algunos, se les explique las razones, se les informe de los resultados y, en su caso, que se proporciona una compensación por otro lado (por ejemplo, en forma de paz social más duradera).
- ¿Quién recibe los servicios del Estado?. ¿En qué proporción van a los ricos, a los pobres y a la clase media? ¿Con qué criterios, para qué objetivos… Quién se beneficia realmente de la red de seguridad que, en principio, está pensada para los más necesitados?.
- ¿Cómo se reparten las responsabilidades, entre las personas y familias, el sector social, las empresas y el sector público?. No todo se debe dejar a la filantropía personal o corporativa, ni todo se debe dejar al Estado. Luego, probablemente habrá que bajar más en la escala de responsabilidades: qué nivel de gobierno se hace cargo de qué responsabilidades, por ejemplo.
- ¿Con quién tenemos responsabilidades? ¿Solo con mi familia, con los de mi barrio, o también con los de la otra esquina del país, o con los pobres de otros países? ¿Con qué criterios y que medios decidimos hasta dónde extender nuestras responsabilidades?
- Las generaciones futuras. Hace décadas podíamos decir que, con la mejora esperada del nivel de vida, seguro que ellos vivirían mejor que nosotros. Ahora esto no está tan claro, sobre todo si añadimos la dimensión medioambiental. Y la calidad de nuestras instituciones. Y la deuda que les dejaremos…
- Un aspecto importante en el reparto de responsabilidades es el del “componente de seguro de nuestro estado del bienestar”. Cada uno de nosotros debemos considerarnos el primer responsable de nuestras necesidades y las de nuestra familia, pero debemos estar protegidos de situaciones “atípicas-excepcionales” que no podamos atender por nuestros propios medios (un desempleo de larga duración, o una larga enfermedad degenerativa, la necesidad de un trasplante urgente, etc.). La “seguridad social” está para eso: un seguro obligatorio, cubierto por todos, porque no sabemos quién será el interesado, ni cuando y porque sospechamos que, cuando nos toque, podremos no estar en condiciones de atender nuestra necesidad puntual y extraordinaria con nuestros recursos privados.
- La idea de redistribuir la renta o la riqueza tiene otra base: quizás que alguien no tuvo la oportunidad de algo a lo que tenía derecho, o fue discriminado en el pasado… Pero el fundamento de esto es distinto del estado de bienestar, y los medios para llevarlo a cabo deben ser también distintos.
- Necesitamos revisar las políticas que conceden beneficios “a todos”, porque, en el límite, esto es insostenible, y porque crea dependencia y malas prácticas (recordemos que vivimos en un país que inventó la picaresca o al menos tenemos generaciones de experiencia en su aplicación).
- Justicia intergeneracional: qué hay que dar a los jóvenes, qué a los de en medio que pasan dificultades, y qué a los mayores, que ya no tienen medios para auto-protegerse.
- En el trabajo, la idea de un contrato indefinido con altos costes de despido, que protege el puesto de trabajo más que al trabajador, no se sostiene. Hay que cambiar el énfasis, para dar al trabajador más protección, independientemente de dónde esté trabajando, hay que ofrecerle flexibilidad para adaptarse a las nuevas circunstancias (envejecimiento, cambio tecnológico) y, a la vez, proporcionar capacidad de adaptación a las empresas.
- Etc.
Hay múltiples aspectos que conviene considerar y discutir socialmente si queremos rehacer nuestro CS. Luego vendrán las preferencias políticas (conservadores, socialistas, libertarios, comunistas), los intereses más o menos cortoplacistas y las negociaciones. 
Me gustaría que algún partido político entrase por esta línea, pero me temo que esto es “pedir peras al olmo”. 
Los Estados han ido restringiendo cada vez más el ámbito en el cual podemos ejercer nuestra libertad personal, los impuestos han ido aumentando en desmesura y todo se ha vuelto mucho más complicado por los controles públicos exasperantes. Los servicios públicos se han ido deteriorando y lo siguen haciendo. Supongo que acabaremos en sociedades divididas, enfrentadas y violentas, y cuando ya casi todo esté perdido; entonces no tendremos más remedio que negociar un nuevo CS realista para poder sobrevivir. Mientras, sigamos arrastrándonos por el fango de la mediocridad y la desvergüenza que cultivan con pericia e insistencia nuestros políticos y que cada cual disfrute de su comodidad inútil arrastrando el ascua a su sardina o se queje de su esfuerzo no recompensado. Tanto da porqué la sociedad ha perdido el rumbo, sus valores y su capacidad para pensar en un futuro que descifre simbolismos subjetivos y altruistas…

lunes, 18 de marzo de 2019

Mucho ruido y pocas nueces

En mi casa cada vez vemos menos los “telenoticias” porqué la inmensa mayoría de las proclamas, de los políticos (nuevos, jóvenes y guapos ellos, no sus proclamas) solo sirven para meter el dedo en el ojo al contrincante y aumentar la demagogia y el miedo de las gentes. No explican ningún proyecto de futuro ni proponen ninguna solución para intentar resolver los numerosos problemas del país, y si nadie nos garantiza un proyecto creíble de futuro, el presente se nos vuelve cada vez más inmenso y difícil de transitar. 
Las declaraciones demagógicas de nuestros fogosos y maleducados políticos dan fe de que la enorme magnitud del momento que vivimos es demasiado grande para las mentes pequeñas y cortoplacistas. Viajan mucho por el territorio nacional y vuelan al extranjero pero poco a su interior. Escriben muchos tuits y leen poca filosofía.
Ya se refieran al Brexit o al Catexit los medios van llenos de declaraciones apasionadas que describen la traición, la mentira, la ambición, la cobardía, el miedo, la soberbia, el desdén y el ensueño; una sucesión de confesiones y silencios, de arrogancias y dubitaciones que permiten mantener la tensión. Parece que nadie de los que más gritan tiene el mas mínimo interés en resolver nada y por ello alargan la trama como un chicle. Cuanto más se mantiene la obra (parece una amalgama de tragedias griegas ) en cartel, más beneficiados salen los actores. Las “obras” que nos retransmiten y comentan los medios nos aburren soberanamente y el cinismo de nuestros representantes, que de vez en cuando dan giros inesperados al guión aunque en realidad no sirvan para cambiar el desenlace de la obra, nos exaspera. Cuantos más TN vemos más aterrados de miedo vivimos, al ver tanta ligereza en la gestión de los difíciles problemas que nos atenazan desde hace tiempo y que nadie da muestras de saber ni querer resolver. 
Dicen que tenemos los representantes políticos que nos merecemos. No sé si esto es cierto. Lo que si es real es que los ciudadanos que trabajamos y pagamos nuestros impuestos para alimentar al voraz Estado, sufrimos escenarios de confusión y agobio, por donde se pasea la facundia de los que mandan y la rabia de los que aspiran a hacerlo para hacer más de lo mismo. El menú es el que es; se reproduce (con diferentes nombres y siglas) y se perpetua en sus mezquindades una y otra vez. Nos prohiben cambiarlo porqué es ilegal hacerlo. Nunca se nos detalla (parece que ni se busca) ninguna respuesta coordinada, consensuada y definida, que permita recomponer la fractura del cuerpo social y evitar las consecuencias de la frustración de millones de personas. 
Mientras Trump se enreda en la construcción del muro (parece que a su país no entran “ilegales” más que por tierra (no por mar ni por aire). Sánchez se distrae gastando millones de euros que no tiene ni sabe de donde sacar y nos mantiene entretenidos con el culebrón de la exhumación de Franco. Macron se estrella contra los chalecos amarillos, Italia entra en recesión de la mano del neofascismo, y proliferan la xenofobia y los nacionalismos en una Europa cada vez más atomizada. El consuelo es que parece que la ineptitud política no afecta en gran medida al crecimiento económico, aunque en petit comité, los empresarios, que presumen de tocar de pies en el suelo, se horripilan ante la inestabilidad que este panorama supone.
Nos quejamos de lo imprevisible del porvenir que nos espera, del cambio climático, de las manifestaciones populares sin tregua que cortan nuestras calles día si y otra también provocando problemas y elevando el ruido ambiente. Todos nos quejamos con menor o mayor intensidad por algo que hacen los demás y olvidamos que esto es un factor colateral de la democracia: un régimen de libertades individuales cuyo único límite permisible es la libertad de los demás. Para que ello siga siendo así hay que procurar reglamentar conductas sin castigar pasiones. La estabilidad democrática la garantiza la solidez de las instituciones frente a los efectos cada vez mas extendidos de la demagogia de la mayoría de los políticos actuales.
Por suerte si las instituciones funcionan, aunque no lo hagan tan bien como deberían, no importarán demasiado las veleidades y chorradas que se escuchan en los mítines y retransmitan las TV en sus TN. Servirán solo para demostrar que no sabemos si es que no hemos entendido nada de lo que iba a pasar o en realidad ha sucedido ya lo que creíamos entender que pasaría.
La realidad del poder es la que es y, hoy por hoy, no logro atisbar si esta realidad cambiará. Tal vez algún día se encuentre alguna solución pero no será pronto. Por ello si nos perdemos algunos de los próximos TN nos evitaremos más de un sobresalto y muchos disgustos.

viernes, 15 de marzo de 2019

¡A empoderarse!

¡A “empoderarse” todos!. Que la palabra es muy fea pero conseguir lo que significa es muy importante.
¡A empoderarse todas las mujeres! 
(El término empowerment o empoderamiento de las mujeres, como estrategia para la igualdad y la equidad, fue impulsado en la Conferencia Mundial de las Mujeres de Naciones Unidas en Beijing (1995) para referirse al aumento de la participación de las mujeres en los procesos de toma de decisiones y acceso al poder.)

Nadie debería olvidar que también los hombres necesitamos que nos empoderen, o sea, que nos ayuden a ser mejores personas, mejores profesionales, mejores padres de familia, mejores hijos, mejores yernos, mejores primos, mejores compañeros de trabajo, mejores en TODO. ¡Todos!.

El empowerment no lo regalan, no es el premio de ninguna lotería, ni se reparte por solidaridad, ni se hereda de unos padres/abuelos trabajadores y ahorrativos, sino que exige: 
  1. No creer que lo sabemos todo. 
  2. Determinar qué nos falta. 
  3. Saber dónde lo podemos aprender. 
  4. Y cuánto cuesta. 
  5. Ver de dónde sacamos el dinero y en qué condiciones (vendemos algo que heredamos, nos lo dan, nos lo prestan, en qué plazos y con qué intereses, conseguimos una beca...). 
  6. Nos inscribimos. 
  7. Estudiamos, estudiamos, estudiamos. 
  8. Seguimos estudiando. 
  9. Y quizás aprobamos. Pero si no aprobamos, nadie nos quita el esfuerzo que quizá se nos había olvidado qué hay que hacer en la vida (porque nada es gratis) y, también, algo que nos habrá quedado de lo que hemos estudiado. 
  10. Porque el título es importante, pero lo otro, más. 
Cuando encuentro por la calle a un grupo de personas mirando como uno trabaja, recuerdo este viejo chiste:
“Unos cuantos intentaban subir un mueble pesado en un camión. Como no podían, el capataz los apartó, empujó muy fuerte y en varias embestidas consiguió subir el mueble. Uno de los que no habían podido se quejó: "¡Hombre, haciendo fuerza, cualquiera!”.

Por mucho que se grite y se llenen las calles, como no somos ricos, sino que somos pobres “dopados”, poco conseguiremos. Mas que gritar hacen falta más personas con ideas claras, voluntad y esfuerzo que se empleen a fondo en su trabajo para conseguir “empoderarse”.
Una persona/familia/país que debe todo lo que produce en un año no es rica, y es fundamental que no se engañe a si mismo ni eche toda la culpa a los demás. Un primer paso útil sería hacer examen de conciencia y reconocer que sobrevive gracias al “dopaje” que le inyectan desde el exterior. Cuando una persona/familia/país lucha por la supervivencia no se puede permitir lujos innecesarios. Y si, además, son lujos para pagar los chantajillos, los que han hecho el esfuerzo —pagado— para “empoderarse” más pronto que tarde se empiezan a preguntar si ha valido la pena el esfuerzo personal y pronto buscarán la formula a su alcance para dejar de apoyar el “proyecto”.

lunes, 25 de febrero de 2019

¿Por qué no conseguimos ponernos de acuerdo?

Podríamos resumir que hay tres maneras de concebir las relaciones político-sociales: la socialdemócrata, la conservadora y la libertaria. 
La versión socialdemócrata presenta esas relaciones en términos de “opresores” vs. “oprimidos”. En su versión tradicional, sería trabajadores vs capitalistas; más modernamente, ricos vs pobres; en términos de ideología de género, varones vs mujeres… 
La versión conservadora: “civilización” vs “barbarie”, “orden” vs “desorden”, “reglas” vs “improvisación”. 
La versión libertaria (liberal clásica): “libertad” vs “coacción” o “poder”. 
¿Qué pasa con los inmigrantes? 
Los primeros dicen: están oprimidos por sus gobiernos, por los plutócratas, por el capitalismo globalizado, por la policía de fronteras, por los campos de refugiados… Hay que encontrar una lugar donde puedan ir. 
Los segundos dicen: no se puede permitir que vayan donde quieran, que no cumplan la ley, que perturben las comunidades tradicionales de nuestros países. 
Los terceros: que vayan a donde quieran, pero, eso sí, que se hagan cargo de sus asuntos, que no quieran que les financiemos su decisión.
Me parece que esta manera de ver los problemas es útil para entender las distintas posiciones. Lo difícil es dialogar, una vez hemos llegado a la conclusión de que tú piensas como piensas mientras que yo pienso de otra manera. Lo “fácil” es plantear concesiones, pero esto continúa la dialéctica del enfrentamiento. Me parece que lo que hay que hacer es, principalmente, tratar de entender al otro, y que el otro me entienda a mí. ¿Qué entiendes por opresión, por barbarie, por coacción? 
Pienso que la única solución es abandonar las categorías colectivas: tú eres comunista, socialdemócrata, conservador, libertario, antisistema, catalán, xarnego, rico, pelagatos, listo, inculto,… Porque, probablemente, cada uno de nosotros es muchas cosas al mismo tiempo: una cosa cuando hablamos de tráfico, otra cuando lo hacemos de pensiones, otra con la educación y otra con el derecho a la muerte digna… Cuando “etiquetamos” dentro de una categoría a los demás basados en estereotipos y faltos de una comprensión de la historia y principios de esa persona ponemos una seria traba al diálogo desde el principio.
En muchos lugares la gente no se entiende, sencillamente porque ni siquiera se escucha. Conocemos a mucha gente, y no dedicamos tiempo, ni medios, ni ganas a conocerlos con un cierto detalle. Les etiquetamos de acuerdo a un estereotipo que nos formamos sobre ellos: españolista, separatista, conservador, de izquierdas, cristiano, antisistema, trabajador, vago,… y nos ahorramos todo lo demás. Solo nos esforzamos algo en “conocer” a dos tipos de personas: aquellas con las que tenemos que convivir, y aquellas con las que estamos de acuerdo. Con las primeras profundizamos en aquellas cosas que nos interesan de ellas y dejamos las demás. Con las segundas nos encontramos cómodos y refuerzan nuestras “creencias”, hablamos con ellos, les seguimos en redes sociales…
¿Por qué nos encontramos cómodos con estos últimos? Probablemente, porque las fricciones son mínimas: podemos hablar de muchas cosas, compartir gustos y aficiones, socializarnos (criticamos a “los otros”)… sin que la máquina chirríe. Como dicen algunos sociólogos, somos de la misma tribu. A menudo, la tribu se limita a unas cuantas cosas: somos hinchas del mismo club, compartimos un ideario político, nos gustan las mismas películas… Mientras hablemos solo de esas cosas, la relación funcionará bien. El peligro de las tribus es que pronto aparece el “ellos” contra “nosotros”: ser de la misma tribu implica mirar a los demás como extraños, y quizás como enemigos. La tribu lleva a agrupar la gente por lealtades: a una idea, un interés, un líder…
Es curioso que esto ocurra en una época en la que hemos prescindido de la verdad: no existe, no puede ser conocida, tú tienes tu verdad y yo tengo la mía… El relativismo no nos ha traído el acuerdo, sino la confrontación, quizás porque, si no existe la verdad, no tiene objeto hablar sobre eso, porque, a lo más, llegaremos a una situación de choque frontal o, lo que puede ser peor, quizás tú me convenzas de tu verdad… y entonces me complicas la vida porqué, si soy coherente conmigo mismo, deberé cambiar lo que he hecho hasta ahora. Problema añadido si tengo una buena autoestima y pienso que he llegado hasta donde estoy por méritos propios y no tengo nada que reconocerle a nadie.
Tal vez una solución a este problema de falta de entendimiento que nos perjudica es apartar la vista de nuestro ombligo y mirar más allá de nuestra tribu y tomarse en serio a las personas que puede que estén en otras tribus o militen más o menos por libre. Ese que piensa distinto, que es “de los otros”, es una persona, tiene una historia, tiene sus ilusiones y sus temores, es “otro yo”. ¿Qué tengo en común con él? Quizás vale la pena que le conozca… aunque a lo mejor me complica la vida, si resulta que acabo entendiendo por qué piensa de otra manera y deduzco que lo que yo pensaba no es la verdad absoluta… Esto no resulta fácil de aplicar en grandes cantidades, pero sí de uno en uno, o de unos pocos en unos pocos. Abrámonos. Dejemos de odiar por el solo hecho de que no es de nuestra tribu. Saludemos a otros y ampliemos nuestra lista de conocidos. Preguntémonos por qué piensan distinto y porqué hacen lo que hacen…
Parece que el interés particular de cada uno ha pasado a ser lo más importarte y por ello es difícil establecer acuerdos y entenderse con otros que tienen otros intereses. Ahí está el error, pensar que nuestra tribu satisfará sus intereses sola que empleando la inteligencia emocional para llegar a acuerdos, no ideales pero sí mutuamente beneficiosos, con las otras tribus. Mientras no nos liberemos de la trampa mental y de la falta de empatía que nos impide escuchar y evaluar las ideas y creencias de otros y, con nuestra actitud, consigamos que los “otros” se liberen de la suya, no saldremos del conflicto permanente que nos impide avanzar como individuos y como sociedad.