miércoles, 26 de octubre de 2011

ECONOMIA -2

2. Entorno económico global, regional y doméstico
2.1. Una perspectiva histórica

Las raíces históricas, tanto en el orden global, como nacional, regional o local, ayudan a entender la evolución de la economía y de las organizaciones.
La perspectiva histórica que presentamos aquí empieza en 1870. En este año la globalización empezó a dar sus primeros pasos y el patrón oro (Gold Standard) comenzó a dominar la escena internacional. Éste era un sistema monetario internacional casi perfecto —al menos a la luz de las velas, puesto que las bombillas todavía no se conocían—, tanto que su encanto y reminiscencias todavía duran hoy en día; pero vayamos por partes.
Alrededor de 1870 se manifestaba en el mundo con toda claridad un fenómeno que se podría caracterizar como la primera mundialización o globalización de la economía. El capital británico primero y el norteamericano y europeo después se movían libremente por las na­ciones del mundo, que en su mayoría todavía eran colonias, creando nuevas oportunidades de empleo y riqueza e introduciendo nuevas tecnologías, como el ferrocarril, el telégrafo, el teléfono, la navegación a vapor, la electricidad, las vacunas, por poner sólo unos cuantos ejemplos. El proceso llegó a tomar grandes dimensiones, de manera que el capital inglés invertido fuera de Inglaterra era un porcentaje de su Pro­ducto Interior Bruto (PIB) mucho mayor que la medida similar para Estados Unidos a principios del siglo XXI. Como resultado de esta expansión del capital se abrieron nuevos mercados, y muchos países recientemente independizados —los de América Latina, que apenas llevaban cincuenta años de independencia— se integraron en los cir­cuitos internacionales del comercio y de la inversión.
A finales del siglo XIX se describía la situación en términos parecidos a los que se utilizaban a finales del siglo XX. Se hablaba igualmente de la aldea global, de la revolución de las telecomunicaciones, de la mundialización, etc. Incluso, algunos antes, en el Manifiesto comunista (1848), ya se describía un mundo con un grado muy notable de integra­ción y podríamos decir de mundialización incipiente. Los marxistas no tenían ninguna duda de que la globalización se estaba produciendo y de que continuaría haciéndolo, en la medida en que el capital es por natu­raleza internacional y siempre está a la búsqueda de oportunidades de negocio, estén donde estén, ya sea en nuevas regiones geográficas como en nuevos sectores productivos o nuevas esferas de acción de la sociedad.
Desde 1870 hasta 1913 la economía de casi todos los países del mundo experimentó un gran crecimiento. El comercio internacional aumentó enormemente, una vez que, por medio del desarrollo de eco­nomías nacionales, los países más industrializados comenzaron a com­petir en terceros mercados. Durante todo este período de expansión del comercio y la inversión, las finanzas internacionales estaban orga­nizadas sobre la base del patrón oro. Éste era un sistema que implicaba fijar la paridad de la moneda nacional con respecto al oro, y mantener­ la fija por medio del libre comercio de oro a la paridad fijada, dentro de los puntos de entrada y salida de oro. Así rezaba, al menos, la teoría esbozada por David Hume —el filósofo empirista— en su mecanismo del flujo de la especie. Era, empleando terminología moderna, un sis­tema de tipos de cambio fijos, que permitía la movilidad del capital sin el riesgo que ocasionan las oscilaciones de los tipos de cambio entre países. El equilibrio internacional entre países con excedentes en la balanza de pagos (y la correspondiente acumulación de oro) y países con déficit (y pérdida de oro) se conseguía por cambios internos de deflación en el país con déficit e inflación en el país con superávit. El sistema funcionó bastante bien para los países más industrializados, gracias en gran medida a la cooperación entre bancos centrales y al li­derazgo del Banco de Inglaterra.
El período de los treinta o cuarenta años anteriores a la primera guerra mundial ha quedado para algunos historiadores y economistas como una época mítica de libertad, movilidad y progreso económicos. La «belle Époque», la llamaron los franceses. En décadas posteriores se trató de restablecer estas condiciones recordando sólo los éxitos logra­dos —el modelo de la utopía neoliberal de finales del siglo XX y principios del siglo XXI. Durante la guerra de 1914-1919, todo lo que se había construido se destruyó en parte. Y cuando ésta acabó, se intentó normalizar, es decir, volver al orden anterior. Pero fue imposible: de­masiadas cosas habían cambiado y no servía el dicho de «cambiarlo todo para que todo siguiera igual». El patrón oro, como instrumento ordenador del sistema financiero internacional, se restableció formal­mente en 1925, a pesar de que Keynes había señalado pocos meses antes que un retorno al oro representaría una medida peligrosa porque colocaría a la Gran Bretaña de la posguerra a merced de las autoridades de la Reserva Federal de Estados Unidos. Este argumento, aunque elocuente, no constituía un problema a corto plazo, porque las condi­ciones económicas y la política norteamericana iban a la par. Sin em­bargo, a principios de 1928, las organizaciones internas estaban adquiriendo ya prioridad sobre las internacionales, puesto que las autoridades observaban, con creciente preocupación, el empuje arrollador de un mercado de Wall Street en alza.
Las consecuencias económicas de la paz —devaluaciones compe­titivas, guerras comerciales, hiperinflación, etc.— fueron quizá peores que las consecuencias económicas de la guerra, y de ahí que 1929 fue­ra un año, según Galbraith, «propiedad de los economistas». Era el prólogo de la Gran Depresión, originada según Peter Temin por un gran shock y un proceso de propagación magnificador. A saber: la pri­mera guerra mundial y la adhesión al patrón oro.
En este contexto, la preocupación creciente por los problemas in­ternos provocó que se intentaran evitar los problemas derivados de los equilibrios externos cerrando las economías al exterior. Especialmente problemático fue el abandono del patrón oro por parte de Inglaterra en 1931, puesto que cualquier sistema sufre una crisis cuando el go­bierno del país «central» abdica de sus obligaciones como detentador de la moneda anda para resolver problemas o conflictos internos.
Y así es como los «felices veinte» no tuvieron un final feliz; desem­bocando en los «horribles treinta», que se caracterizaron por todo lo contrario que sus predecesores: contracción económica, pesimismo generalizado, estancamiento industrial y agrario, desempleo masivo, catástrofes políticas y, como colofón, el inicio de la segunda guerra mundial (1939-1945), que destruyó lo que quedaba en pie de la eco­nomía internacional.
En 1944, cuando todavía no había terminado aquélla, se planteó el interrogante de cómo debía organizarse el Sistema Monetario Internacional (SMI). Para resolver esa cuestión los países «ganadores» —si es que alguien gana una guerra— se reunieron para diseñar la estruc­tura económica mundial, y Gran Bretaña y Estados Unidos llevaron la voz cantante. Naturalmente, los agentes económicos recordaban la época dorada del patrón oro, así como la debacle y la Gran Depresión del período de entreguerras. El resultado de la reunión fue la adopción del sistema de Bretton Woods.
Bretton Woods fue un intento de volver a un patrón oro..., pero sin oro. Los países que entraran a formar parte del sistema fijarían sus reservas internacionales en dólares a una tasa de intercambio fija. Es­tados Unidos, por su parte, lo haría al oro a un precio de 35 dólares la onza. De este modo, el resto de los países quedaba ligado a su vez al oro, aunque de forma indirecta, puesto que era a través de la converti­bilidad al oro del dólar. Por tanto, aparecía de nuevo el ave Fénix del patrón oro. Por esa razón, los ejes del nuevo y ordenado SMI tenían que pivotar sobre la disciplina y la flexibilidad. La disciplina, aporte americano, sobre los temas monetarios para asegurar la estabilidad de los tipos de cambio tan querida bajo el patrón oro, pero sin dejar que esa estabilidad les clavara en la ya famosa «cruz de oro».5 Por esa razón, se demandaba flexibilidad, argumentada por John Maynard Keynes, para no atar la política monetaria nacional a los compases del equilibrio externo ni que la economía interna tuviera que seguir el ritmo de los ciclos internacionales.
El resultado fue un híbrido entre disciplina y flexibilidad que res­pondería al nombre de «sistema de Bretton Woods», basado en unos tipos de cambio fijos, pero ajustables. En la práctica, para ello (la ajus­tabilidad) se requerían dos condiciones: un desequilibrio fundamental (según decía literalmente el Tratado Constitutivo) y la justificación del porcentaje de devaluación frente al Fondo Monetario Internacional (FMI).
En este entorno protegido y relativamente autónomo de la economía nacional, en que los gobiernos ejercían un control sustancial sobre ésta, se llevó a cabo la reconstrucción y se llevaron a cabo grandes progresos sociales: se estableció el Estado de bienestar, se desarrolló el mercado interno y el consumo de masas, con grandes mejoras de los niveles de vida de los trabajadores, y se fortalecieron los sindicatos, que contribuyeron a la gestión de la economía y de las grandes empresas. Todavía en 1970 la economía de los países industrializados era una economía prácticamente cerrada, sobre todo en los países más grandes. Es cierto que unos tenían comercio con otros y hacían inversiones lejos de su territorio, pero la mayor parte de la actividad económica de los países se desarrollaba dentro de los límites del Estado. Los flujos internacionales de mercancías superaban en valor a los flujos de capitales, que sólo se movían de unos países a otros para efectuar pagos y saldar cuentas, y no para obtener ganancias especulativas, como habría de suceder años después. En los años setenta, sin embargo, ya comenzaba a tomar fuerza el proceso llamado de «internacionalización de la producción», por medio del cual se extendió la presencia de las empresas multinacionales, pero todavía era limitado y no había alcan­zado la importancia que habría de alcanzar a final del siglo. En una palabra, las relaciones económicas internacionales eran una parte pe­queña de las actividades económicas de los países.
A principios de los años setenta, las presiones para cambiar el sis­tema eran evidentes. Provenían sobre todo de los grandes centros fi­nancieros, algunos de los cuales operaban fuera de las fronteras y lejos del sistema de regulación de sus países de origen, pero también de las empresas multinacionales, que aspiraban a moverse sin trabas por todo el mundo. Los cambios fueron promovidos por ciertos políticos y eco­nomistas creadores de opinión que, llevados por un prejuicio ideológi­co a favor de los mercados, inventaron argumentos para desmontar las regulaciones del Sistema Monetario Internacional.
Los problemas del sistema de Bretton Woods fueron la confianza, la liquidez y el ajuste. Las políticas macroeconómicas seguidas por Es­tados Unidos no fueron las adecuadas para el país de la moneda reser­va y ayudaron a provocar el hundimiento del sistema a principios del año 1973. Entonces, en el momento que se abandonaron las paridades fijas y se inició una estructura de tipos de cambio flexibles, se produjo un cambio de época: se entró en la etapa del no-sistema, en contrapo­sición al sistema del patrón oro o de Bretton Woods.

Continuará en la parte 3
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