domingo, 28 de octubre de 2012

«ALFABETIZARSE» EN ECONOMIA

En la película “Carros de fuego” se narran las peripecias de varios estudiantes de Cambridge que, en 1920, deciden entrenarse para participar en los Juegos Olímpicos de París de 1924. Uno de ellos, hijo de un financiero judío, opta por recurrir a un entrenador profesional. El director del “college” lo reprende amablemente: según él, ningún estudiante que pertenezca a la élite de «los mejores», aun cuando sea hebreo, debería beneficiarse de la ayuda de un profesional. Puede entrenarse solo o, mejor aún, con los amigos de la universidad, como hace cualquier aficionado que se precie. El estudiante le responde que está a punto de comenzar una nueva época, en la que todas las actividades requerirán una preparación técnica y profesional. ¡Qué razón tenían sus palabras!
En los mismos años en los que está ambientada esta película, y en la misma ciudad universitaria, trabajaba John Maynard Keynes que en este año publicó su “Tratado sobre probabilidad” y  la probabilidad es el instrumento que nos permite dominar la incertidumbre.

Hoy en día se sabe que el concepto filosófico de probabilidad que propuso Keynes no tenía en cuenta el modo en que funciona la mente humana. La psicología experimental ha analizado los límites de la racionalidad humana y se ha investigado los motivos por los que no actuamos como deberíamos. Cuando, hace cinco años, el mundo se vio sorprendido por una grave crisis, comparable, en ciertos aspectos, a la que vivió Keynes a finales de los años veinte, muchos tertulianos se apresuraron a formular un vaticinio: quienes no entendiesen nada de economía no tendrían más remedio que familiarizarse con esta disciplina y acostumbrarse al argot empleado en la literatura financiera.
Sin embargo, ante un fenómeno complejo como una crisis global, no sólo hay que conocer los rudimentos de la economía para tomar decisiones más ponderadas sino también interesarse por el funcionamiento de la mente. A partir de una alfabetización psicológica podremos dirigirnos a los economistas y tratar de determinar si estamos actuando bien o mal. Puede parecer un objetivo sencillo. Sin embargo, tal vez no baste con mirar dentro de nosotros para comprender cómo razonamos. ¿No habría que mirar también fuera para darnos cuenta de las consecuencias que tienen nuestras acciones? Por desgracia las cosas no son tan fáciles...
Tradicionalmente se han atribuido a la economía los defectos más variados: se la ha culpado de ser una ciencia triste, aburrida y abstracta, de no tener nada que ver con lo que los ciudadanos desean saber, de no ser capaz de ofrecer más que previsiones generales, cuando no inútiles... Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones no es a ella a quien se deberían atribuir esas culpas: ¿acaso son responsables los economistas de que la cabeza de las personas funcione de una determinada manera, de una manera que ignoran y que, en realidad, solo puede comprenderse desde la psicología?
Desde la última década del siglo XX, tener un mínimo de “alfabetización económica” es comparable a lo que a finales de la primera mitad del siglo XX significaba saber leer y conocer el uso de las “cuatro reglas” o a lo que supone hoy en día utilizar un ordenador para navegar por Internet. Siendo esto así, ¿no debería ser la economía una asignatura impartida en la etapa de la educación obligatoria?
Resulta esencial que se proporcione a los jóvenes una formación basada en unos pocos mecanismos «psico-económicos» fundamentales. Esta formación serviría también como preparación para la vida adulta, para la época en la que les será preciso saber valorar los riesgos y pensar a largo plazo, dos aspectos cruciales a la hora de tomar decisiones económicas y financieras.
Algo parecido ocurre con la educación sexual o con la educación sobre la nutrición, el uso del cuerpo, la relación con el medio ambiente , el uso y el abuso de los fármacos, el alcohol, el tabaco, las drogas, etc.
¿Puede garantizarse este tipo de educación en la familia?
En realidad, lo único que la familia está en condiciones de ofrecer son las bases de la educación financiera. La escuela debería asumir la responsabilidad de facilitar los conocimientos económicos necesarios.

No debemos perder de vista que, al final siempre estamos solos, como individuos, enfrentados a nuestras decisiones. Es nuestra responsabilidad como adultos formarnos en estos temas, aunque sea de forma autodidacta, y el autoconocimiento y asunción de nuestra propia personalidad. Es la responsabilidad de los padres procurarles a sus hijos los medios necesarios para que puedan adquirir una “alfabetización económica”. Aún así, conozco a dos hermanos que crecieron en una misma familia y se les facilitaron los mismos medios y educación familiar y se han convertido en dos adultos completamente diferentes.
Bajo otro punto de vista podemos preguntarnos:
¿Puede sustituir la educación financiera a la confianza en los expertos?
¿No sería sensato, al menos sobre el papel, que nos enfrentásemos a los aspectos económicos de nuestra vida de la misma forma en que abordamos los aspectos relacionados con la salud?
A veces tratamos de explicarnos nosotros mismos las disfunciones de nuestro cuerpo y sus achaques y nos automedicamos en las dolencias simples y cotidianas. Sin embargo, después de consultar a nuestros padres, familiares y amigos, consultamos a los médicos con la esperanza de que sepan curarnos y solemos dejar en sus manos las principales decisiones sobre la terapia a aplicar para subsanar nuestras dolencias. Pocos son los que buscan conocimientos para autocurarse, casi tan pocos como son los que leen los prospectos de los medicamentos que nos recetan los médicos. Lo mismo que nos pasa cuando leemos un texto jurídico. Reconocemos que han utilizado la lengua castellana para redactarlo, pero la mayoría de los mortales no entiende prácticamente nada de lo que se dice en el texto.
La letra pequeña de los contratos firmados con las entidades bancarias, que por cierto suele ser la más abundante y difícil de leer, suele ser la más difícil de comprender, pero la más importante para entender el producto que se está comprando o el servicio que se está contratando y es fundamental en la hora dirimir responsabilidades si algo no marcha bien.
Siguiendo este razonamiento, muchas personas consideran que no entienden nada de dinero, ahorros, inversiones y hasta las consideran esotéricas  Por este motivo ponen sus decisiones en manos de un experto, como su banquero o su asesor financiero de confianza. Estos personajes serán los que les guíen en la elección del mejor préstamo para adquirir una casa y en el resto de cuestiones financieras y quienes les indiquen especialmente cómo ahorrar y qué hacer con sus ahorros.
También conocida como Trabajo confidencial y 
como Dinero Sucio, es un documental de 2010 
sobre la crisis financiera de 2008. Trata sobre 
"la sistemática corrupción de los Estados Unidos 
por la industria de servicios financieros
 y las consecuencias de dicha corrupción."

Por desgracia, como muchos ciudadanos han comprobado en los últimos años, las cosas no funcionan exactamente así: a diferencia de los médicos del sector público, nuestro consultor depende de una organización que se mueve, al menos en parte, según sus propios intereses económicos. Esta circunstancia impide garantizar que sus consejos sean «desinteresados». Además el asesor, salvo que haya recibido un encargo explícito por parte del cliente, se muestra hoy reacio a ofrecer indicaciones precisas. Si cuenta con un poder por escrito del ahorrador, tenderá a utilizarlo de acuerdo con lo que le indiquen sus superiores o sus comisiones y bonus personales. De lo contrario, tendría que atenerse a las consecuencias. Quien decide al final es el banco o entidad financiera para el que trabaja, como se vio, por ejemplo, en las preferentes. Se trata, en definitiva, de casos en los que los ahorradores han adquirido “productos financieros” que ofrecían un rendimiento algo más elevado que los depósitos, sin percatarse que los rendimientos más altos van asociados, por lo general, a un riesgo mayor.
¿Se les había explicado a estas gentes, financieramente analfabetas y algo codiciosas, este mecanismo?
La verdad es que, si no se les mintió descaradamente, nunca se les contó toda la verdad. Por ello, en los últimos años, se ha desencadenado una espiral de desconfianza que ha conducido a incoar causas, celebrar procesos millonarios, presentar demandas colectivas, etc.
En el pasado, pocos se habrían atrevido a llevar a juicio a su banco por una inversión que no hubiese dado los resultados esperados. Actualmente no debería quedar casi nadie que dudara que los bancos no puedan ofrecer un asesoramiento adecuado a sus clientes. Siempre se ha dicho que los “lobos no se muerden entre ellos”, pero ya hace años que todo el mundo sabe que si ni siquiera los bancos se prestan dinero entre ellos, porque no confían los unos en los otros. Todos han mentido y nadie sabe cuán grande es la mentira del otro. ¿Cómo puede haber todavía alguien que vaya a su oficina bancaria, cercana a su casa, para sentarse en el despacho del director y pedirle “consejo”?.
Los “asesores personales” que nos asignan los bancos, no son los únicos responsables de lo que está ocurriendo ya que, en tiempos de crisis, sus empleadores, los bancos, les presionan cada vez más.
¿Cuánto se reducirían los beneficios de los bancos si al menos la mitad de los ahorradores se ocupase más de sus inversiones y dejase de sufrir los consejos de los empleados de las ventanillas apremiados por el presupuesto?
A estos comportamientos «comerciales», que convierten en problemática cualquier delegación de poderes que se haga a ciegas, se suma la perplejidad de los economistas, que a menudo declaran que su ciencia es impotente. La mayoría sostiene que las teorías económicas no permiten realizar las previsiones que el gran público, los periodistas y los medios de comunicación esperan. En realidad, cuando se les plantean preguntas de un modo insistente, algunos expertos se rinden e incapaces de mantenerse en silencio, expresan su opinión. A toro pasado, todos son expertos y dicen que ya lo avisaron, que ya lo sabían, que ellos ya vendieron su casa seis meses antes de que estallara la crisis subprime. ¡Mucho fanfarrón!. Claro que si no lo hicieran así, en un país como el nuestro, en el que no se admite el error, perderían muchos puntos como asesores. Así es como comienzan las dificultades y las recriminaciones.
Más lectura y formación y menos TV basura
Hay que señalar igualmente que los medios de comunicación españoles no dedican mucho espacio a la economía, convencidos, y con razón, que entre su público hay pocos interesados en el tema. Si los españoles se conformasen con pasar una hora menos a la semana delante de la televisión (que en un 99 por 100 de los casos no muestra interés por la economía) y destinasen esa hora ahorrada a sus propias cuentas e inversiones, podrían conseguir una significativa mejora de su bienestar. Es lo mismo que sucede con la salud, cuando reservamos un poco de tiempo para pasear, nadar, pedalear en la bici o hacer un poco de gimnasia o estiramientos. Nos cuesta horrores arrancar. Pero si vencemos la pereza y salimos, nuestra salud y nuestro bienestar mejoran.
Los medios de comunicación piensan que los españoles no se interesan por esta materia, pero, en realidad, son ellos quienes alimentan tal desinterés. Es lo mismo que pasa cundo vas a un restaurante y el maître te pregunta: “¿Qué quiere usted tomar?”. Siempre te ves obligado a escoger el plato que más te gusta, entre los que ofrecen en la carta; aunque a menudo, este no es el que escogerías si pudieras pedirle lo que realmente te apetecería tomar en ese momento.
En primer lugar, no es fácil traducir los temas relativos a la economía en narraciones y, más tarde, en espectáculos, como tanto les gusta hacer a los medios. Existe un prejuicio muy extendido, según el cual esta es una materia ardua, difícil, oscura, parecida a las matemáticas. La idea puede ser cierta si entramos en los detalles técnicos, pero probablemente no lo es si nos quedamos en el marco general. El tema general de la educación financiera es tratar de controlar la incertidumbre del futuro. Más concretamente: todas las grandes agencias nacionales, como el Tesoro estadounidense, o internacionales, como la OCDE, consideran que la preparación financiera consiste en la capacidad de dominar o al menos comprender el valor de las cosas, gastar y ahorrar, reconocer los efectos del ahorro y las formas de invertir, tomar préstamos para el consumo y la vivienda y, en último término, preparar a los jóvenes para que puedan realizar estas operaciones.
¿De quién depende la incertidumbre que existe en el mundo?
La especie humana lleva miles de años combatiendo la incertidumbre ligada a la necesidad de sobrevivir en ambientes hostiles. Esta lucha secular ha impulsado todos los progresos de la tecnología y de la ciencia. Hoy en día, hemos vencido a nuestros rivales en la batalla. Es más: los hemos aplastado, hasta tal punto que ahora es el ser humano el que amenaza a la naturaleza, y no al revés. Y, sin embargo, nuestra especie no se ha detenido. Ha empezado a ser ella misma una fuente de incertidumbre, con la creación de organizaciones tan complejas como los mercados financieros.
Tengamos en cuenta también que los nuevos inventos en el terreno económico y financiero se diseñaron en un principio para que cumplieran una función análoga a las de las pólizas de seguros, es decir, para reducir la incertidumbre que existe en el mundo. Sin embargo, con el tiempo los ahorradores empezaron a utilizar estos instrumentos sin escrúpulo alguno y perdieron el control sobre ellos, lo que les llevó a acabar considerando que las crisis financieras tenían el mismo carácter trágico e ineluctable que, en el pasado presentaban los desastres naturales.
Los avances de la economía y de las finanzas han permitido crear antídotos para intentar resolver los líos en los que pueden meterse los modernos aprendices de brujos. Sin embargo, la gestión de estos antídotos ya no se confía a los sacerdotes, sino a expertos, que se han ido multiplicando poco a poco.
Los brujos curaban con placebos; los médicos nos tratan con fármacos preparados adecuadamente gracias al progreso científico, siempre que no se equivoquen de fármaco o este no esté adulterado o no dé el resultado esperado porqué nuestro cuerpo se ha hecho resistente gracias a la automedicación mal administrada. Los sacerdotes curaban con exorcismos; los psicólogos clínicos sanan mediante técnicas cuya eficacia trata de controlar científicamente (aunque no siempre con gran éxito).
En la actualidad existe un experto para cada problema de la vida: abogados, comerciales, notarios, psicólogos clínicos, médicos, preparadores físicos, nutricionistas, especialistas en estética, etc. Entre los últimos en aparecer se encuentran los “asesores financieros”. Todos saben algo o mucho de su “parcela”, pero muy poco de las de los demás. El conocimiento y también la responsabilidad están cada vez más compartimentada.
Tal vez haya llegado ya el momento que cada individuo vuelva a apropiarse de sus problemas y los enfoque de un modo unitario, como problemas del ser humano completo y no de uno solo de sus pedazos, separado del resto y confiado a terceros. En ciertos ámbitos, este control resulta imposible: hemos producido tantas incertidumbres y complicaciones que hoy en día es preciso contar con un técnico para desentrañarlas. Sin embargo, en otros terrenos aún es posible. Y estoy convencido de que uno de ellos es la gestión de los ahorros y, de una forma más general, de nuestra vida desde el punto de vista económico y financiero.
La educación financiera se basa precisamente en la comprensión de la relación entre la forma de pensar de los economistas y el funcionamiento de la mente humana. Los psicólogos llevan a cabo estudios experimentales para probar los modelos del comportamiento humano que proponen los economistas y poco a poco nos explican cómo funcionan las cosas.
Lo fundamental para todos nosotros es la preparación básica. Es importante explicar qué es un cheque, una tarjeta de crédito, una cuenta corriente, un préstamo o cualquier otro elemento específico de la interacción del ciudadano con el banco. Los jóvenes se pueden familiarizar de forma progresiva con estos instrumentos, al igual que lo hacen aprendiendo a manejar los Smartphone y las tablets, simplemente usándolos. Pocos se molestan en estudiar el manual de instrucciones del aparato. Simplemente prueban tocando teclas o pulsando sobre iconos. Si encuentran alguna dificultad, preguntan a sus colegas, conocidos o lanzan directamente una pregunta abierta en la WWW por si alguien ha encontrado una solución a su problema puntual. Así se ahorran el trabajo de pensar y buscar soluciones por si mismos aprovechándose del trabajo, desinteresado o no, de otros. 
El tiempo tiene más valor que el dinero
Lo que si les falta a los jóvenes, y es difícil que lo aprendan por sí mismos y que alguien se lo explique en los canales de información que suelen utilizar, es una preparación sobre el valor del dinero, del ahorro, de la austeridad, del consumo, de los supuestos de la vida económica sobre las premisas necesarias para entender el mundo desde el punto de vista de los economistas. 
Hay que entender los motivos por los que los objetos que nos rodean tienen un valor que se expresa a través de los precios. ¿Por qué ese valor cambia con el tiempo? ¿Puede confundirnos este cambio? Para evitarlo, es conveniente que la relación entre los «precios nominales», «precios reales» y «precios relativos» sea clara. Solo de esta forma podremos comparar el valor de los objetos a lo largo del tiempo y entender conceptos como la inflación percibida.
Hay que conocer el funcionamiento de la mente humana ante las ganancias y las pérdidas. ¿Por qué si el valor de un bien cambia con el tiempo y su precio sigue una evolución comparable a una ola, en la sucesión de altos y bajos, los altos no llegan nunca a compensar psicológicamente los bajos? ¿Por qué no se vuelve al punto de partida si un alto y un bajo presentan la misma altura? Esta asimetría tiene no pocas consecuencias sobre nuestro bienestar.
Hay que entender el modo en que piensa un economista, que se expresa en los denominados principios de los «costes irrecuperables» y los «costes de oportunidad» y contrastarlo con lo que sucede en la mente de las personas. Debemos ser conscientes de la forma en la que solemos afrontar las elecciones, y no solo las económicas, en la vida. En ocasiones, estas diferencias son sensatas, pero otras veces no lo son: es necesario delimitar ambos terrenos sin caer en la tentación de aplicar los principios de los economistas a todos los aspectos de nuestra existencia terrenal.

Hay que enseñarles el "modo de vida" adecuado que permite disfrutar sin tener que despilfarrar para lograrlo. El sistema "primero, páguese a usted mismo" que permite poder ahorrar algo aunque los ingresos sean escasos. El tema es similar a los numerosos regímenes dietéticos que se venden para el control del peso corporal. No importa lo sofisticado del método, ninguno funciona a largo plazo y sin riesgo para la salud. Basta con algo muy fácil de entender y a la vez muy difícil de practicar: Hay que ser capaz de adoptar un sistema alimenticio equilibrado, variado, adecuado a la actividad física del individuo y ser capaz de mantenerlo para toda la vida.
El mundo contemporáneo nos ofrece un futuro a veces desconocido, a veces arriesgado. Tenemos que lidiar continuamente con el problema de la incertidumbre, de la ignorancia y del riesgo; tenemos que calcular, de un modo quizás aproximado pero en esencia correcto, el riesgo al tomar cualquier decisión.
Hay que explicar a los niños y adolescentes el valor del dinero como fin y como medio; como pasión sensata e insensata y como premio a nuestro trabajo, según la contribución que hagamos a la sociedad. Hay que instruirles en las formas más comunes de invertir los ahorros (vivienda, acciones y bonos del Estado) y convertirles en «alfabetos económicos». Así se sentirán menos dependientes de los expertos para consultarles cuestiones financieras y volverán a responsabilizarse de sus decisiones económicas fundamentales para vivir en el mundo desarrollado, globalizado y competitivo del que nuestra sociedad, quiere uno o no, forma parte.
©JAS2012
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