sábado, 10 de septiembre de 2016

El "11 de setembre" y la marmota

Ya hace años que muchos catalanes nos preguntamos: 
¿Qué queremos ser como sociedad y como pueblo? 
¿Queremos tener un Estado propio para nuestra nación o nos sentimos cómodos siendo una especie de pedanía del Estado español?
El que tanta gente se esté preguntando esto y pueda hacerlo libre y democráticamente, es un raro privilegio que estamos disfrutando ahora y del que pocos pueblos han disfrutado a lo largo de su historia.
¿Qué tipo de sociedad queremos ser?
¿Nos gusta lo que ha sido y es España, a ojos del mundo?
¿Queremos seguir siendo vistos como parte de esa sociedad, diluidos en ella aunque con algunas, cada vez menos, especificidades y pequeñas singularidades de índole burocrático? 

Si la respuesta es no, parece que ahora es el momento más apropiado para cambiarlo. Algo como esto es lo que venimos oyendo cada 11 de septiembre desde hace casi cinco años. Nos dicen que es la mejor oportunidad que hemos tenido desde hace trescientos años, pero en esta época en la que reina la inmediatez y hay poco aguante para casi todo, la gente se cansa de repetir el día de la marmota, año tras año. Parece que todo sigue igual o al menos el “Procès” no ha progresado como a muchos les gustaría, ajenos a la complejidad del asunto. 
El gobierno español sigue sin ofrecer ninguna respuesta a las demandas de cientos de miles de catalanes y ninguna solución concreta a los diversos y graves problemas que afectan a millones de catalanes. Inmovilismo en la forma de hacer política y negación absoluta para el pacto. Lo único que cambia, a peor, es que cada vez afloran más casos de corrupción y más desprecio a los comportamientos democráticos. El gobierno y los que lo apoyan sólo ofrecen eslóganes e ideas vacías, sin tener pensado realmente como ejecutarlas, y muchas mentiras, muchos insultos y amenazas para confundir y provocar "miedo", mucho miedo. Al mismo tiempo ofrecen una visión sesgada y muchas veces errónea para provocar rechazo en el resto de españoles hacia los catalanes, pensando que eso contribuye eficazmente a atemorizar a un suficiente número de catalanes, al tiempo que pueden ganar votos suficientes, dentro y más fuera de Catalunya para que ayuden a restar influencia a las demandas de los disconformes con la actuación del Gobierno en Catalunya. 
El error que cometen es que nos han infravalorado. Creen que somos más asustadizos de lo que realmente somos, creen que somos gente frágil, creen que somos más conformistas de lo que realmente somos, creen que nos importa menos nuestro futuro lo que nos importa y no nos ven capaces de tomar las riendas de nuestro día a día y administrarnos a nosotros mismos. Como un padre totalitario que minusvalora a su hijo —que se sabe capaz de emanciparse, de triunfar en la vida por sí mismo— porque piensa que es incapaz de funcionar si no es bajo sus reglas.
El Gobierno español no quiere entender que no tenemos nada contra España y muchísimo menos contra el resto de españoles, sino que simplemente no queremos —como muchos españoles fuera de Catalunya— ser “súbditos” de nadie. No entiende que no nos creemos que sólo saldremos adelante si hacemos las cosas como nos dicen ellos que las tenemos que hacer. No entienden que somos nosotros, no ellos, ni siquiera nuestros políticos; somos nosotros, los catalanes, los que han nacido aquí y los que han elegido Catalunya para establecer su hogar, porque donde está el hogar está el corazón. Los que estamos realizando los cambios necesarios para poder prosperar, y que no claudicaremos hasta lograr hacerlos en libertad y de la forma que más favorezca los intereses de nuestra sociedad. Demasiados gobernantes han demostrado y siguen demostrando que no entienden que los catalanes queremos y podemos hacer un mejor futuro para nosotros y nuestra sociedad. No queremos que nos lo hagan otros, queremos hacerlo nosotros y a nuestra manera.
Y eso es lo que les da ahora miedo. La constatación de que tenemos la capacidad para modelar nuestro destino. Para cambiar nuestra historia. Eso les da miedo y les hace gesticular histriónicamente, amenazarnos continuamente y abusar de su poder, magnificándolo por encima de lo que realmente es, porque no tienen nada más, no pueden combatir con nada más, y no saben hacer nada más que eso.
Esta capacidad de alzar la voz democrática y pacíficamente, es lo que posibilitó que en Catalunya se aprendiera a pactar y se escogiera el parlamentarismo frente a la tiranía del ordeno y mando, que las mujeres pudieran votar, que los trabajadores pudieran defenderse mejor contra los abusos laborales formando sindicatos y asociaciones, que las lenguas y cultura fueran protegidas. La democracia no depende sólo de lo que pueda hacer por nosotros un monarca o un político, depende de lo que podamos conseguir nosotros mismos, juntos, a través del duro, lento y a veces frustrante acuerdo para el progreso.
Cuando nuestros políticos o nosotros mismos no llegamos a consensos, el trabajo se detiene, pero no para siempre. La voluntad de progresar que tenemos los catalanes es la que nos está uniendo y ayuda a propagar nuestra voz en una misma dirección. Una parte muy mayoritaria de catalanes hemos entendido que es legítimo y debemos seguir defendiendo cada uno nuestras ideologías, pero a la vez debemos luchar por el objetivo común, aquel que nos une a todos, por muy elusivo a veces parezca que es. De esto va la democracia. Puede resultar frustrante a veces, porque consensuar criterios puede ser más lento de lo que quisiéramos. Cuando no se llega al acuerdo, el compromiso entre nosotros y el progreso se detiene y la gente se siente herida por la inacción. Llega la impaciencia y la sensación de que nos hemos detenido, que no avanzamos, pero sólo es una sensación. Cuando perseveramos como algunos lo están haciendo —las acciones del Gobierno central nos ayudan a recordar que la alternativa es peor—, cuando votamos con fuerza y ​​ganamos, el progreso tiene más probabilidades de llegar que si tiramos la toalla y nos mantenemos pasivos. 
Si alguien lo duda, pregunten a los que, con un presupuesto cada vez menor, por el constante ahogo económico —no nos retornan lo que recaudan de nuestros impuestos– y político desde Madrid, siguen ofreciendo los servicios lo mejor posible, con generosidad y con solidaridad. Imaginen el crecimiento que podríamos tener, no sólo económico sino social, no sólo de calidad de vida sino de calidad democrática, si dotáramos a estos mismos catalanes con los recursos económicos, humanos y de talento con todo a lo que se “pierde” en las esferas extractivas del poder. 
Si conseguimos mantenernos unidos y gestionar nosotros mismos nuestro talento humano y toda la riqueza económica que somos capaces de generar en Catalunya, tendremos muchas más probabilidades de asegurar el progreso y el bienestar para la inmensa mayoría. Nuestro premio será que juntos habremos creado un Estado nuevo, más digno, más próspero, más humano y, más dialogante y democrático. Un Estado, en forma de República, en la que poder relacionarnos de igual a igual con el resto de países del mundo. Un país donde podamos crecer caminamos juntos, un país en el que seamos plenamente libres para expresarnos como mejor creamos, sin faltar a nadie ni permitir que nos falten. Un país en el que realmente se tomen en cuenta las opiniones de todos nuestros representantes, lo que decimos y lo que hacemos; donde podamos tener voz y voto para hacerlo avanzar en la dirección que queramos y conseguir así una sociedad pacífica, productiva, generosa, vanguardista, sostenible... Un país del que podamos estar orgullosos y que pueda servir como indicador para que otros, entre ellos y muy especialmente el futuro pueblo español, pueda mirarse y resolver también como sociedad las muchas carencias que tiene; porque, a nivel personal sus problemas, muchas veces coinciden con los nuestros.
Theodore Roosevelt una vez dijo que estos cambios, estas mejoras que la sociedad requiere, no se alcanzan desde la grada, con críticas y recelos y poca cosa más, estos cambios se consiguen pisando la calle y haciendo oír tu voz . Equivocarse en el proceso, quiere decir, estar activamente trabajando por el proceso (el que no lava los platos no rompe ninguno). El que no se implique personalmente en las cosas, no se equivocará aparentemente por qué no estará haciendo nada, pero no hacer nada, es en sí, la peor de las equivocaciones, y si no la más grave, si la más irresponsable.
Por eso, como ciudadanos catalanes de cualquier origen, si queremos que mejoren las cosas, debemos hacer oír nuestras voces (desde todos los ámbitos en los que personalmente participemos), colaborar en este proceso, trabajar el consenso en nuestro ámbito privado y demandar a nuestros políticos que trabajen el consenso global para poder alcanzar los retos que les hemos pedido. Esto implica no aprovechar la más mínima ocasión para “segregar” algún partido político o incluso “vetar” la colaboración o no tener en cuenta la opinión de los que no piensan exactamente en todo como ellos. Eso sería actuar de la misma forma —que tan poco nos gusta— que el Gobierno central. Los grandes objetivos sólo pueden alcanzarse con el apoyo leal y hasta sus últimas consecuencias, de amplias representaciones de la gran mayoría de los sectores sociales e ideologías, que aparcan temporalmente algunos de sus principios para conseguir un bien superior. Si todos nuestros políticos, y todos nosotros, no logramos entender este concepto y lo practicamos, no se conseguiremos mejorar nada en Catalunya.
Si nos consideramos unos demócratas serios, si de verdad estamos en contra de los abusos que recibimos del Gobierno central, no perdamos la visión del objetivo principal que nos motiva. No nos quedemos desanimados o deprimidos en casa sólo por el hecho de que tal vez un político u otro no coincide exactamente con aquello que nosotros pensamos o representa una ideología diferente a la nuestra; es necesario seguir trabajando por el objetivo principal. Porque la democracia no es un deporte de espectadores, lo es de actores y el reparto es muy amplio. Es hora de actuar, de estar activos y de defender pacíficamente pero con firmeza, ininterrumpidamente, tozudamente, para recuperar lo que nos pertenece y para lograr todo lo que queremos ser. Los gestos, como las manifestaciones festivas son importantes, porque dan visibilidad, pero lo es mucho más que todos sigamos trabajando para explicar los qués y los porqués del “Procès”, para ampliar la base social de apoyo, dentro y fuera de Catalunya. Solo una amplia base social —sin excluir a nadie— comprometida de verdad, con el alma y la razón puede, cuando llegue “el momento de la verdad”, posibilitar el éxito del “Procès” y la posibilidad de empezar a trabajar por una sociedad mejor.
¡Buen 11 de setembre a todos!
©JuanJAS
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