miércoles, 21 de septiembre de 2016

La pereza: auténtico motor de avance de la humanidad

Hace tiempo alguien me expuso una teoría que me sorprendió. 
Mi respuesta chistosa a la graciosa teoría de la PEREZA
Aseguraba mi contertulio que el auténtico motor que ha impulsado el avance de la humanidad era la "pereza". 
Me explicó que: "debido al peor de los pecados capitales, así calificaban a la pereza cuando yo era pequeño, a alguien se le ocurrió inventar una pala y así ahorrarnos el esfuerzo de hacer hoyos con las manos o con un palo. Los hombres y mujeres, jóvenes y viejos, debido a nuestra pereza innata, siempre hemos buscado que algo o alguien hiciera las cosas por nosotros. Así hemos llegado a llenar nuestras casas de múltiples robots que nos hagan las tareas domésticas y a pedir que nos traigan la comida a casa sólo con llamar por teléfono.  Toda nuestra evolución ha sido motivada por nuestra pereza. Piensa que si nos hubiera encantado pasarnos el día trabajando aún seguiríamos en la Prehistoria".

La teoría tiene su atractivo pero es evidente que han hecho falta muchos más motores para llegar adonde hoy estamos, y algunos no tienen buena fama. Uno de ellos es la ambición, especialmente la de algunas personas concretas que han sido claves en nuestra historia. 
Mi ambición se ve obstaculizada por mi pereza – Charles Bukowski
En el mundo económico la pereza y la ambición han ido más unidas de lo que parece ya que las ideas de los emprendedores suelen ser financiadas por capitales que buscan beneficios sin esfuerzo. 
Si alguien invierte confiando en el negocio que ha montado otro –por ejemplo cuando acude a una ampliación de capital de una empresa que cotiza en bolsa- busca que su dinero trabaje por él y a su vez está financiando la ambición de alguien.
Habitualmente, el que tiene el dinero depositado en el banco hace lo mismo: dejando que sus ahorros trabajen por él confiando en la gestión de los profesionales que en teoría sabrán obtener beneficios tanto para su entidad como para abonar intereses al cliente. Pero estamos llegando a un punto en el que, debido a la política ultra-expansiva del banco central, nuestra entidad financiera no puede ofrecernos nada por guardarnos el capital: Los intereses que pagan las cuentas de ahorro, los depósitos a la vista y los depósitos a plazo fijo son minúsculos, lo que se traduce en rentabilidades negativas cuando se descuentan los gastos y la inflación. 
A pesar de que el trasvase de dinero de los ahorradores españoles desde depósitos a fondos parezca descomunal, lo cierto es que no sólo queda todavía mucho dinero y parece que muchos ahorradores todavía no se han dado cuenta del drástico cambio que ha supuesto la política de tipos de interés bajos del BCE para su patrimonio personal y se resisten adelgazar sus cuentas de depósitos en los bancos y a invertir en productos de riesgo.
Es el momento en el que algunos se preguntan: ¿entonces para qué tener el dinero en el banco? Y por eso es tan importante que el Estado respalde, al menos hasta 100 mil euros, todos los depósitos porque el argumento más sólido –aparte de la comodidad para cobrar la nómina, pagar facturas, las tarjetas etc.- para seguir depositando nuestros ahorros en una entidad financiera es la seguridad que quizás nuestro colchón no nos ofrece. 
¿Será esto suficiente para que sigamos usando los bancos si acaban cobrándonos por guardar nuestro dinero?
En un cantón suizo, un banco solicitó a sus clientes que no le pagaran demasiado pronto los impuestos, porque guardarles esa liquidez hasta depositarla en la agencia tributaria, les hacía perder mucho dinero en intereses. Mientras, un banco alemán anunció que crearía bóvedas para guardar el dinero y así no tener que depositarlo en BCE y pagarle intereses…
Los tipos de interés tan bajos tienen consecuencias negativas y positivas y una de estas últimas es que es mejor destinar la liquidez que uno tenga a cancelar deudas, que a tener depósitos. Pero si hay una fuga de capitales de la banca a “bancolchón” huyendo de impuestos y tipos negativos, el sistema puede peligrar porque los bancos sin depósitos reducirán los créditos. Es curioso porque en teoría los tipos están tan bajos para que ahorrar no merezca la pena y aumente la inversión, pero mientras no aumente la inflación, guardar el dinero ya genera beneficios así que ¿para qué arriesgarlo? No es que los bancos centrales no sepan esto, es que confiaban, porque de hecho es lógico pensar así, que con tipos de interés negativos se dispararía la inflación porque la gente consumiría más.

Pero mucha gente está tan endeudada y gana tan poco, que no tiene ni para pagar deudas ni para gastar. Los que ingresan más,  consumen más, pero como estamos en un mundo en el que los costes se han reducido —globalización, abaratamiento de las materias primas, productividad generada por avances tecnológicos…— los efectos se compensan y los precios no suben o suben poquísimo.
Puede que simplemente necesitemos acostumbrarnos a que no haya inflación, y a no recibir intereses del banco porque aunque no obtengamos rentabilidad. La verdad es que tampoco perdemos poder adquisitivo como pasaba antes, cuando nos ofrecían intereses pero el IPC se los comía… Lo comido por lo servido.
El mundo financiero ya está acostumbrado —se negocian bonos con tipos negativos con normalidad desde hace tiempo— pero al mundo económico real es evidente que le está costando digerir esta nueva situación. Aunque los endeudadísimos Estados sufran porque necesitan más inflación para que su enorme deuda se reduzca con el paso del tiempo, a la vez tienen el beneficio pagar muy poco por la deuda que emiten e incluso en algunos casos, hasta recibir intereses por ello. Ya se sabe que si alguien te ofrece un servicio gratis se suele consumir más de lo que realmente se necesita —comida en los bufet libre, créditos hipotecarios impagables, medicamentos que no llegan a usarse, etc.— por eso quizás los Estados no tengan el estímulo suficiente como para reducir su deuda. En España ya sube más que su PIB anual.
En cualquier caso, una situación novedosa, inesperada y potencialmente peligrosa la que estamos viviendo.
Por si acaso, cualquier persona que esté en disposición de dejar de consumir y ahorrar una cantidad periódica de dinero debería plantearse contratar un plan de ahorro en fondos de inversión.
Obviamente, las acciones y los fondos experimentan mayores fluctuaciones en su evolución que, por ejemplo, los depósitos a la vista. Durante los últimos quince años ha habido varios episodios de turbulencias en las bolsas, algunos de escasa relevancia y otros más importantes, como los provocados por el estallido de la burbuja puntocom a comienzos de la década de 2000, la crisis inmobiliaria de 2008, el desastre de Fukushima y la crisis de deuda de 2011. Sin embargo, estas fluctuaciones no han afectado de forma significativa a las rentabilidades de los planes de ahorro en fondos, ya que, por norma general, los hundimientos de las cotizaciones dan paso a avances en un tiempo prudencial. 
Si lo que se quiere es crear riqueza a largo plazo, las acciones y los fondos son la menos mala de todas las opciones posibles para el pequeño ahorrador. El tiempo de la hucha, la cuenta de ahorros y el depósito a plazo pasaron a la historia.

©JuanJAS
Publicar un comentario