sábado, 14 de enero de 2017

El valor de las cosas y servicios públicos

Acabo de ver esta publicación en el Facebook.
No se si esta noticia es representativa de lo que sucede hoy en día, porque ni soy médico, ni trabajo en un servicio de urgencias ni tengo hijos que practiquen el botellón. Lo que si he comprobado repetidamente es el poco valor que algunos —jóvenes y también mayores– le dan a todos los enseres y servicios públicos o, generalizando, a todo lo que no tienen que pagar ellos de forma directa.
Estas personas que calificaría de incultas e incívicas —me guardo para la intimidad otros calificativos— se afanan en reclamar e incluso exigir al erario público una gran profusión de servicios para lograr su máximo nivel de bienestar, al tiempo que se niegan siquiera a conocer lo que nos cuesta a todos los contribuyentes ese maravilloso servicio, que a pesar de lo deficiente que algunos lo puedan percibir, pocos ciudadanos de países desarrollados del mundo reciben gratuitamente.
Estas gentes incívicas suponen que por el hecho de haber tenido la suerte de acer o residir en nuestro país, tienen todos los derechos personales imaginables, al tiempo que ni se preocupan por conocer ni atende los deberes para con la sociedad en la que han nacido o los ha acogido. Ya no hablemos del respeto a las sensibilidades de otros ciudadanos que cumplen las normas vigentes cívicamente y pagan sus impuestos para que pueda haber una mínima redistribución e igualdad. Parece que no le dan ningún valor a los muebles púbicos, ni a las medicinas ni a los servicios que públicamente se les prestan.
Estoy totalmente de acuerdo en que todos podemos equivocarnos en algún momento y esto no tiene nada que ver con no querer entender que te has equivocado. Nadie nace educado y por ello es imprescindible esforzarse en que los niños, los jóvenes y también las personas que no han nacido en nuestra sociedad pero que han decidido vivir en ella, entiendan el valor de las cosas y su responsabilidad en el uso y mantenimiento de todo lo público, para que puedan ellos y podamos todos hacer el mejor uso de los recursos que solidariamente hemos decidido poner a disposición de toda nuestra sociedad.
En primer lugar, hay que enseñar e informar a todos (políticos y servidores públicos incluidos), que los recursos no caen del cielo como si fueran regalos de los “Reyes Magos” (ni esos), para que nadie pueda alegar desconocimiento y para que cada uno de nosotros podamos recapacitar sobre el coste que tienen los productos y servicios que recibimos de “lo público” y el uso que hacemos de ellos. Actitudes como las de esos “papás" que lejos de educar adecuadamente a sus hijos, defienden sus tropelías, a veces reincidentes —eso no sirve sólo para el botellón sino también en la escuela, etc.— no pueden tolerarse, y en estos casos, la factura ya no debería de ser informativa sino con obligación de pago. 
Deberían cobrarse las facturas y si el causante fuera menor, cobrarlas a sus representantes legales. Y todo el mundo debería pagarlas, en euros o en “trabajo social”; por ejemplo reparando los destrozos causados, recogiendo la basura que dejan en el espacio público las fiestas del botellón, fregando los vómitos de los incívicos, arrancando chicles del suelo, etc.. Tampoco estaría mal obligar a esos menores a asistir regularmente a reuniones de alcohólicos anónimos.
Las actitudes y actos incívicos no deben ni disculparse ni menos aplaudirse dándoles pátina de modernidad, porque los excesos que cometen esos incívicos afectan directamente al servicio que todos recibimos y minusvaloran, por no decir “desprecian”, la labor socialmente imprescindible de los “servidores públicos reales”: médicos, enfermeras, servicios de transporte sanitario, bomberos, policías, maestros, educadores, etc. etc.
Les propongo un ejercicio: Piensen en la cantidad de actos incívicas que se cometen a su alrededor y compártanlos con nosotros. Seguro que descubrimos cosas que ni siquiera habíamos pensado en que eran “incorrectas” y que tolerábamos que otros hicieran o que nosotros mismos hacíamos porque “si todos lo hacen, yo seré el único tonto que se perjudique”.
Un empresario me dijo una vez: “Cumplir las normas va muy bien,… para los demás. Para ti es una p - - - - a”
¿Cuándo dejaremos de disculpar las actitudes incívicas y empezaremos a rechazarlas social y públicamente?
©JuanJAS
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